Categoría: Gastronomía

  • Las recetas que no quería perder

    Las recetas que no quería perder

    Me gusta cocinar. No soy ningún experto, pero disfruto preparando platos, probando alguna receta nueva y, sobre todo, recuperando esas que llevo haciendo desde hace años y que sé que siempre funcionan.

    Con el tiempo he ido reuniendo bastantes recetas. Algunas están apuntadas en papeles, otras guardadas en el ordenador, otras las encontré en internet y fui adaptándolas a mi gusto. Y hay unas cuantas que preparo prácticamente de memoria.

    El problema llega cuando quiero recuperar alguna que hace tiempo que no cocino.

    ¿Dónde la guardé? ¿Cuánto vino le ponía? ¿Las patatas se añadían al principio o después? ¿Cuánto tiempo tenía que estar en el horno?

    Y entonces empieza la búsqueda.

    Así que hace unos meses decidí poner un poco de orden en todo aquello y crear mi propio recetario.

    La idea era bastante sencilla: reunir las recetas que realmente preparo, escribirlas de forma clara y tenerlas todas en un mismo sitio.

    Nada de recetas complicadas que probablemente nunca haré. Ni de llenar páginas con platos que tienen una fotografía estupenda, pero que después no vuelves a cocinar.

    Quería guardar las mías. Las de siempre y las que voy incorporando cuando pruebo algo nuevo y merece la pena repetirlo.

    Y en medio de todo ese trabajo apareció una receta muy especial.

    Los canelones de mi padre

    Mi padre hacía unos canelones que eran muy apreciados por toda la familia.

    Y cuando digo que hacía canelones, no me refiero a preparar una bandeja para comer un domingo.

    Los hacía en tandas de ochenta.

    Sí, ochenta canelones de una vez.

    Y cada vez les tocaba disfrutarlos a alguno de sus hijos o nietos.

    Con los años se habían convertido en uno de los platos preferidos de la familia. De esos que no necesitan presentación porque todos saben perfectamente de qué estamos hablando.

    Lo curioso es que aquella receta, que había dado tantas alegrías, estaba escrita de su puño y letra en dos notas manuscritas.

    Ni un cuaderno de cocina, ni un libro de recetas familiares. Dos sencillos papeles, de esos que utilizamos para apuntar cualquier cosa.

    Y allí estaban las indicaciones para preparar aquellos canelones.

    Dos notas manuscritas del padre de Emilio con la receta de los canelones y las indicaciones para la bechamel.
    La receta original de los canelones de mi padre, escrita de su puño y letra. Dos sencillos papeles que guardan mucho más que ingredientes y cantidades.

    Cuando empecé a organizar mi recetario pensé que esa receta tenía que estar incluida.

    No porque fuera especialmente complicada ni porque llevara ingredientes extraordinarios.

    Sencillamente porque eran los canelones de mi padre.

    Puedo encontrar cientos de recetas de canelones en internet. Seguramente algunas serán magníficas.

    Pero ninguna será exactamente aquella.

    Un recetario a mi manera

    Poco a poco he ido dando forma al proyecto.

    He reunido recetas de carnes, pescados, verduras, arroces, aperitivos, postres… Platos sencillos en su mayoría, de los que se pueden preparar en cualquier casa sin necesidad de tener una cocina profesional.

    También estoy aprovechando la inteligencia artificial para ayudarme a ordenarlas, revisar las explicaciones y darles un formato común.

    Es curioso porque, cuando empecé a utilizar estas herramientas, nunca imaginé que acabarían ayudándome también a organizar mis recetas de cocina.

    Pero hay algo que tengo claro: la inteligencia artificial puede ayudarme a escribir una receta, pero no puede decidir por mí si merece la pena guardarla.

    Eso solo lo sé cuando la preparo, la pruebo y compruebo que el resultado es el que quiero.

    Por eso intento incorporar únicamente recetas que he cocinado y que volvería a hacer.

    Y también procuro escribirlas pensando en alguien que nunca las haya preparado. Porque una cosa es saber hacer un plato y otra muy distinta explicar cómo se hace.

    A veces damos por supuesto pequeños detalles que para nosotros son evidentes, pero que pueden cambiar completamente el resultado.

    Algo más que un libro de cocina

    Todavía sigo trabajando en el recetario. Me quedan recetas por incorporar, otras por revisar y algunas que quiero volver a preparar antes de darlas por buenas.

    No tengo ninguna prisa.

    Al principio todo esto surgió simplemente porque quería tener mis recetas organizadas y poder consultarlas fácilmente.

    Y esa sigue siendo la razón principal.

    Pero mientras las voy reuniendo me doy cuenta de que algunas tienen detrás algo más que ingredientes, cantidades y tiempos de cocción.

    Hay recetas que te recuerdan una comida, una reunión familiar o a la persona que te enseñó a prepararlas.

    Y otras, como los canelones de mi padre, que llevan asociadas muchas comidas compartidas y varias generaciones de una misma familia.

    Quizá por eso me gusta la idea de tenerlas todas reunidas.

    Porque una receta no deja de ser una serie de instrucciones para preparar un plato.

    Pero algunas también son una pequeña parte de nuestra historia.

    Y sería una pena que acabaran perdiéndose en un cajón, olvidadas en un archivo del ordenador o escritas en unas notas manuscritas que un día ya no sepamos dónde están.

  • ¿A qué mesa volverías?

    ¿A qué mesa volverías?

    No sé si os pasa, pero yo cada vez tengo más claro que las comidas que uno recuerda toda la vida no tienen por qué ser las mejores que ha comido.

    He comido en buenos restaurantes, he probado platos estupendos y, como a casi todos los que disfrutamos comiendo, me gusta descubrir sitios y sabores nuevos.

    Pero luego pasa algo curioso.

    Si alguien te pregunta por una comida que recuerdes especialmente, muchas veces no te viene a la cabeza aquel plato espectacular de aquel restaurante. Te acuerdas de algo mucho más sencillo.

    De las croquetas de tu abuela. Del guiso que hacía tu madre y que, por mucho que alguien intente repetirlo, nunca sabe exactamente igual. De aquella tortilla de patatas. Del arroz de los domingos.

    Y seguramente muchas de aquellas recetas ni siquiera estaban escritas.

    —¿Cuánto le echas?

    —Pues un poco.

    —¿Y cuánto tiempo lo dejas?

    —Hasta que esté.

    Con esas instrucciones había que intentar repetirlo.

    Y casi nunca salía igual.

    Porque probablemente lo importante no estaba solo en la receta.

    Estaba en todo lo que había alrededor.

    En quién estaba sentado a la mesa. En las conversaciones. En los domingos en familia. En esperar a que salieran las croquetas de la cocina y coger una cuando todavía quemaba.

    Creo que en España tenemos mucho de eso.

    Cada casa tiene sus croquetas, su tortilla, su arroz o su guiso. Y todos estamos convencidos de que los de nuestra casa eran diferentes.

    Probablemente no lo eran tanto.

    Pero eran los nuestros.

    Y eso cambia las cosas.

    Hoy tenemos acceso a una gastronomía que hace años era difícil imaginar. Probamos cocinas de otros países, ingredientes nuevos, restaurantes fantásticos… y yo soy el primero al que le gusta hacerlo.

    Pero hay una competición que tienen muy difícil ganar.

    La de un plato que sabe a tu infancia.

    Porque cuando recuerdas de verdad una comida, muchas veces descubres que no estás recordando solamente lo que había en el plato.

    Estás recordando a las personas que estaban alrededor.

    Y mientras escribía esto he intentado decidir cuál sería esa comida para mí. No es tan fácil elegir solo una.

    Por eso prefiero dejaros la pregunta:

    Si mañana pudierais volver por un rato a una de aquellas mesas y repetir una sola comida, exactamente como la recordáis, ¿cuál elegiríais?