Categoría: Tecnología e Inteligencia Artificial

  • ¿Salir de la zona de confort o hacerla más grande?

    ¿Salir de la zona de confort o hacerla más grande?

    Hay frases que escuchamos tantas veces que terminamos aceptándolas sin pensar demasiado en lo que realmente quieren decir. Una de ellas es «hay que salir de la zona de confort». Parece que si quieres avanzar, aprender algo nuevo o crecer tienes necesariamente que abandonar ese lugar en el que estás cómodo. Y yo no tengo tan claro que tenga que ser así.

    Quizá el problema empiece por la propia expresión. Hemos convertido la zona de confort en algo casi negativo, como si estar cómodo significara haberse acomodado, dejar de aprender o hacer siempre lo mismo. Y creo que son cosas diferentes. Uno puede sentirse cómodo y, al mismo tiempo, seguir teniendo curiosidad y ganas de aprender.

    La tecnología es un buen ejemplo. Cuando empezamos a utilizar una herramienta nueva, lo normal es que al principio nos cueste. No sabemos dónde están las cosas, tardamos más y muchas veces pensamos que con lo que utilizábamos antes nos iba perfectamente. Pero no hace falta cambiar de golpe nuestra forma de hacer las cosas.

    Podemos empezar utilizándola para algo concreto, probar, equivocarnos y descubrir poco a poco para qué nos sirve. Poco a poco aquello que al principio nos parecía complicado empieza a resultar natural. Entonces, ¿realmente hemos salido de nuestra zona de confort? Yo creo que más bien la hemos hecho un poco más grande.

    Aprender algo nuevo requiere tiempo, esfuerzo y adaptación. Es lógico que al principio no nos sintamos igual de cómodos haciendo algo nuevo que haciendo lo que llevamos años haciendo. Pero eso no significa que tengamos que buscar deliberadamente la incomodidad para avanzar. No deberíamos confundir crecer con estar incómodos.

    Tampoco se trata de quedarse siempre donde estamos. La comodidad puede convertirse en una buena excusa para no cambiar nada. «Siempre lo he hecho así», «a mí me funciona», «eso no es para mí»… Si esa es nuestra respuesta ante cualquier novedad, probablemente la comodidad haya empezado a convertirse en conformismo.

    Pero entre no querer cambiar nunca nada y pensar que tenemos que estar continuamente fuera de nuestra zona de confort hay otra posibilidad: ir ampliándola. Aprender algo que no sabíamos, probar otra forma de hacer las cosas o atrevernos con algo que hasta ahora no hacíamos, sin necesidad de convertir cada cambio en un salto al vacío.

    Si lo pensamos, muchas de las cosas que hoy hacemos con absoluta normalidad nos resultaron nuevas y complicadas alguna vez. Las aprendimos, las incorporamos a nuestra vida y dejaron de estar fuera de nuestro terreno conocido.

    Por eso me gusta más imaginar la zona de confort no como un círculo del que tenemos que escapar, sino como un círculo que podemos ir haciendo cada vez más grande. Habrá momentos en los que tendremos que afrontar situaciones incómodas, por supuesto, pero una cosa es aceptar esa incomodidad cuando aparece y otra convertirla en el objetivo.

    Quizá de eso se trate: de seguir teniendo curiosidad, seguir aprendiendo y procurar que la comodidad no termine convirtiéndose en conformismo.

    ¿Y si en lugar de preocuparnos tanto por salir de nuestra zona de confort nos dedicamos a hacerla cada vez más grande?

  • ¿Y si la inteligencia artificial no fuera tan diferente?

    A lo largo de nuestra vida hemos visto aparecer muchas tecnologías nuevas.

    Algunas las aceptamos casi desde el primer momento. Otras nos costaron bastante más.

    Recuerdo cuando empezó a hablarse de Internet. Aquello era difícil de entender. Nos decían que desde un ordenador podríamos acceder a información que estaba en cualquier parte del mundo, comunicarnos con personas a miles de kilómetros y hacer cosas que hasta entonces parecían imposibles.

    La verdad es que sonaba un poco a ciencia ficción.

    Y, como suele ocurrir con todo lo nuevo, también había desconfianza.

    ¿Será seguro? ¿Para qué necesito yo Internet? ¿De verdad esto va a cambiar nuestras vidas?

    Visto ahora, casi hace gracia.

    Hoy utilizamos Internet para todo. Para leer el periódico, consultar el banco, comprar, reservar un hotel, hablar con nuestros hijos o simplemente mirar qué tiempo va a hacer mañana. Lo hemos incorporado a nuestra vida con tanta naturalidad que ya ni pensamos en ello.

    Después llegó el correo electrónico.

    También recuerdo el cambio que supuso en el trabajo. Poco a poco fueron desapareciendo muchas llamadas, cartas y faxes. De repente podíamos enviar un documento a cualquier lugar y llegaba prácticamente al instante.

    Nos acostumbramos bastante rápido.

    Y luego llegaron las videoconferencias.

    Ahí reconozco que me costó un poco más.

    Para mí, una reunión era sentarse alrededor de una mesa, mirar a la persona que tenías enfrente y hablar. Si además había un café de por medio, mucho mejor.

    Eso de reunirse mirando una pantalla no terminaba de convencerme.

    Hasta que empecé a verle las ventajas.

    Una videoconferencia podía evitarte coger el coche, hacer cientos de kilómetros o incluso pasar una noche fuera de casa simplemente para mantener una reunión de una hora.

    Y pensé: pues esto tiene bastante sentido.

    El problema vino después.

    Como eran tan cómodas, empezamos a utilizarlas para todo.

    Llegó un momento en el que podías pasarte el santo día enlazando una videoconferencia con otra. Una herramienta que había llegado para ahorrarnos tiempo podía terminar quitándonoslo.

    Y aquello me enseñó algo.

    El problema muchas veces no está en la tecnología, sino en cómo la utilizamos.

    Por eso, cuando apareció la inteligencia artificial y empecé a escuchar todo lo que se decía sobre ella, intenté no cometer el mismo error.

    Ni rechazarla porque fuera algo nuevo, ni pensar que iba a solucionarlo todo.

    Preferí probarla.

    Empecé por curiosidad, haciendo preguntas bastante sencillas. Después fui descubriendo que podía hacer muchas más cosas y que, cuanto mejor aprendía a utilizarla, más útil me resultaba.

    Y aquí ocurrió algo que me parece curioso.

    Ha sido la propia inteligencia artificial la que me ha enseñado a utilizar mejor la inteligencia artificial.

    Poco a poco he aprendido que esto no consiste simplemente en hacer una pregunta y aceptar lo primero que te responde.

    Hay que saber preguntar.

    Hay que explicarle bien qué quieres.

    Y, sobre todo, hay que tener criterio para valorar la respuesta.

    Porque la inteligencia artificial se equivoca.

    Y bastante más de lo que algunos pueden pensar.

    Eso también forma parte de aprender a utilizarla.

    Yo no quiero una inteligencia artificial que piense por mí. Para eso ya estoy yo.

    Lo que quiero es una herramienta que me ayude a pensar mejor.

    Que me permita contrastar una idea, buscar información, ordenar algo que tengo dando vueltas en la cabeza o entender un tema que desconozco.

    A veces estoy de acuerdo con lo que me propone.

    Otras veces no.

    Y entonces discutimos un poco.

    Curiosamente, esas conversaciones son muchas veces las que más me sirven, porque me obligan también a mí a pensar por qué estoy de acuerdo o por qué no.

    Después de utilizarla durante un tiempo he llegado a una conclusión bastante sencilla:

    La tecnología no sustituye al ser humano. Lo complementa.

    Puede ayudarnos a hacer determinadas cosas más rápido. Puede analizar información que a nosotros nos llevaría horas. Puede proponernos ideas que no se nos habían ocurrido.

    Pero el sentido común sigue siendo nuestro.

    El criterio sigue siendo nuestro.

    Y la decisión final también.

    Quizá dentro de unos años nos pase con la inteligencia artificial lo mismo que nos ocurrió con Internet.

    Dejaremos de verla como algo extraordinario.

    Simplemente estará ahí.

    La utilizaremos cuando nos resulte útil y probablemente ni siquiera pensaremos demasiado en que estamos utilizando inteligencia artificial.

    Y seguramente para entonces habrá aparecido otra tecnología nueva que volverá a desconcertarnos.

    No sé cuál será.

    Pero espero reaccionar de la misma manera.

    Intentar entenderla antes de juzgarla.

    Probarla.

    Equivocarme.

    Aprender.

    Y después decidir si me aporta algo o no.

    Porque, después de todos los cambios tecnológicos que me ha tocado vivir, hay algo que tengo cada vez más claro:

    No hay que tener miedo a la tecnología. Hay que tener miedo a dejar de querer aprender.

    Emilio