A lo largo de nuestra vida hemos visto aparecer muchas tecnologías nuevas.
Algunas las aceptamos casi desde el primer momento. Otras nos costaron bastante más.
Recuerdo cuando empezó a hablarse de Internet. Aquello era difícil de entender. Nos decían que desde un ordenador podríamos acceder a información que estaba en cualquier parte del mundo, comunicarnos con personas a miles de kilómetros y hacer cosas que hasta entonces parecían imposibles.
La verdad es que sonaba un poco a ciencia ficción.
Y, como suele ocurrir con todo lo nuevo, también había desconfianza.
¿Será seguro? ¿Para qué necesito yo Internet? ¿De verdad esto va a cambiar nuestras vidas?
Visto ahora, casi hace gracia.
Hoy utilizamos Internet para todo. Para leer el periódico, consultar el banco, comprar, reservar un hotel, hablar con nuestros hijos o simplemente mirar qué tiempo va a hacer mañana. Lo hemos incorporado a nuestra vida con tanta naturalidad que ya ni pensamos en ello.
Después llegó el correo electrónico.
También recuerdo el cambio que supuso en el trabajo. Poco a poco fueron desapareciendo muchas llamadas, cartas y faxes. De repente podíamos enviar un documento a cualquier lugar y llegaba prácticamente al instante.
Nos acostumbramos bastante rápido.
Y luego llegaron las videoconferencias.
Ahí reconozco que me costó un poco más.
Para mí, una reunión era sentarse alrededor de una mesa, mirar a la persona que tenías enfrente y hablar. Si además había un café de por medio, mucho mejor.
Eso de reunirse mirando una pantalla no terminaba de convencerme.
Hasta que empecé a verle las ventajas.
Una videoconferencia podía evitarte coger el coche, hacer cientos de kilómetros o incluso pasar una noche fuera de casa simplemente para mantener una reunión de una hora.
Y pensé: pues esto tiene bastante sentido.
El problema vino después.
Como eran tan cómodas, empezamos a utilizarlas para todo.
Llegó un momento en el que podías pasarte el santo día enlazando una videoconferencia con otra. Una herramienta que había llegado para ahorrarnos tiempo podía terminar quitándonoslo.
Y aquello me enseñó algo.
El problema muchas veces no está en la tecnología, sino en cómo la utilizamos.
Por eso, cuando apareció la inteligencia artificial y empecé a escuchar todo lo que se decía sobre ella, intenté no cometer el mismo error.
Ni rechazarla porque fuera algo nuevo, ni pensar que iba a solucionarlo todo.
Preferí probarla.
Empecé por curiosidad, haciendo preguntas bastante sencillas. Después fui descubriendo que podía hacer muchas más cosas y que, cuanto mejor aprendía a utilizarla, más útil me resultaba.
Y aquí ocurrió algo que me parece curioso.
Ha sido la propia inteligencia artificial la que me ha enseñado a utilizar mejor la inteligencia artificial.
Poco a poco he aprendido que esto no consiste simplemente en hacer una pregunta y aceptar lo primero que te responde.
Hay que saber preguntar.
Hay que explicarle bien qué quieres.
Y, sobre todo, hay que tener criterio para valorar la respuesta.
Porque la inteligencia artificial se equivoca.
Y bastante más de lo que algunos pueden pensar.
Eso también forma parte de aprender a utilizarla.
Yo no quiero una inteligencia artificial que piense por mí. Para eso ya estoy yo.
Lo que quiero es una herramienta que me ayude a pensar mejor.
Que me permita contrastar una idea, buscar información, ordenar algo que tengo dando vueltas en la cabeza o entender un tema que desconozco.
A veces estoy de acuerdo con lo que me propone.
Otras veces no.
Y entonces discutimos un poco.
Curiosamente, esas conversaciones son muchas veces las que más me sirven, porque me obligan también a mí a pensar por qué estoy de acuerdo o por qué no.
Después de utilizarla durante un tiempo he llegado a una conclusión bastante sencilla:
La tecnología no sustituye al ser humano. Lo complementa.
Puede ayudarnos a hacer determinadas cosas más rápido. Puede analizar información que a nosotros nos llevaría horas. Puede proponernos ideas que no se nos habían ocurrido.
Pero el sentido común sigue siendo nuestro.
El criterio sigue siendo nuestro.
Y la decisión final también.
Quizá dentro de unos años nos pase con la inteligencia artificial lo mismo que nos ocurrió con Internet.
Dejaremos de verla como algo extraordinario.
Simplemente estará ahí.
La utilizaremos cuando nos resulte útil y probablemente ni siquiera pensaremos demasiado en que estamos utilizando inteligencia artificial.
Y seguramente para entonces habrá aparecido otra tecnología nueva que volverá a desconcertarnos.
No sé cuál será.
Pero espero reaccionar de la misma manera.
Intentar entenderla antes de juzgarla.
Probarla.
Equivocarme.
Aprender.
Y después decidir si me aporta algo o no.
Porque, después de todos los cambios tecnológicos que me ha tocado vivir, hay algo que tengo cada vez más claro:
No hay que tener miedo a la tecnología. Hay que tener miedo a dejar de querer aprender.
Emilio
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