Un viaje empieza mucho antes de salir de casa

Siempre me ha gustado viajar. Y con el tiempo he descubierto que disfruto de los viajes mucho antes de hacer la maleta.

Para mí empiezan con una pregunta muy sencilla:

¿Dónde vamos esta vez?

Y la respuesta no suele ser tan sencilla.

Hay tantos sitios que queremos conocer que muchas veces no sabemos cuál elegir. Al final hay que decidir en función del presupuesto, la época del año, los días disponibles, el clima y, por supuesto, las ganas que tengamos de conocer un sitio u otro.

Una vez decidido el destino empieza una parte que disfruto mucho: preparar el viaje.

Me gusta buscar información. Ver qué hay que conocer, qué se puede visitar, cómo hacerlo y qué sitios realmente merecen la pena.

Mientras haces todo eso ya empiezas, de alguna manera, a disfrutar del viaje.

Después viene la parte práctica: vuelos, hoteles, desplazamientos y organizar los días.

Y hay algo que cada vez considero más importante: sacar las entradas con antelación.

Hoy muchos lugares están tan masificados que llegar sin reserva puede significar quedarte sin entrar. Y después de haber viajado hasta allí, no poder conocer precisamente uno de los sitios que querías visitar no tiene demasiada gracia.

Con esas visitas voy organizando los días.

Intento hacerlo con cierta lógica. Si estamos en París, por ejemplo, procuro agrupar las visitas por zonas. No tiene sentido visitar por la mañana algo en una punta de París y dos horas después cruzar toda la ciudad para ir a otro sitio.

Normalmente organizo más las mañanas, sobre todo cuando hay visitas con horarios. Las tardes prefiero dejarlas tranquilas, para pasear, descansar, hacer alguna compra, sentarnos en una terraza o simplemente decidir en ese momento qué nos apetece hacer.

Me gusta llevar bien organizado lo importante y dejar margen para lo demás.

Y entonces llega el viaje.

Una de las primeras cosas que solemos hacer nada más llegar es tener una toma de contacto con el lugar. Salir a pasear, empezar a conocer las calles, ver el ambiente y situarnos un poco.

Es nuestra forma de empezar a tomarle el pulso al sitio donde vamos a pasar los próximos días. Sin visitas ni horarios. Simplemente empezar a disfrutarlo.

Por supuesto, por mucho que hayas preparado todo, siempre surge algún imprevisto.

Un avión se retrasa. Llueve justo el día que tenías previsto estar todo el tiempo en la calle. Una visita dura más de lo que habías pensado. O simplemente las cosas no salen como estaban previstas.

En esos casos intento adaptarme.

Lo único que suelo mantener con bastante rigidez son las visitas para las que tenemos entradas. Muchas veces, si no estás allí a la hora prevista, pierdes la entrada y posiblemente también la oportunidad de conocer ese lugar.

El resto se puede cambiar. Al final, un viaje necesita organización, pero también flexibilidad.

Y después ocurre algo curioso.

Antes de viajar pasamos mucho tiempo pensando en todos esos lugares y monumentos que queremos conocer. Algunos, cuando llegamos, son incluso mejores de lo que imaginábamos.

Otros, en cambio, te decepcionan un poco. Quizá porque habías oído hablar tanto de ellos o habías visto tantas fotografías que esperabas demasiado.

Pero cuando vuelvo de un viaje me doy cuenta de que muchas veces no son los monumentos lo que más recuerdo.

Recuerdo las cosas que nos han pasado, los restaurantes donde hemos comido, alguna situación a la que hemos tenido que adaptarnos o ese imprevisto que en el momento no tuvo ninguna gracia y que después terminamos contando entre risas.

Y, sobre todo, recuerdo los momentos vividos con las personas que me acompañan, que normalmente son mi familia.

Al final te das cuenta de que preparas un viaje pensando en los lugares que vas a conocer y vuelves recordando los momentos que has vivido con las personas que han ido contigo.

Y luego toca volver a casa.

Aunque para nosotros el viaje todavía no ha terminado.

Quedan las fotografías.

En mi familia tenemos la costumbre de ordenarlas y hacer un libro fotográfico de nuestros viajes.

Puede parecer algo antiguo en una época en la que llevamos miles de fotografías en el móvil, pero a mi familia le gusta.

Y a mí también.

Porque puedes coger uno de esos libros años después y empiezan a aparecer recuerdos que tenías casi olvidados: una calle, un restaurante, una situación o una fotografía que no recordabas.

Y empiezas otra vez a hablar del viaje.

Aunque normalmente hay algo que hacemos bastante antes de terminar el álbum.

Pensar en el siguiente.

Muchas veces basta con estar en el avión de vuelta para que aparezca la pregunta:

Bueno, ¿y ahora dónde vamos?

Y vuelta a empezar.

Otra vez destinos. Otra vez fechas. Otra vez mirar sitios que tenemos pendientes.

Y otra vez la ilusión de preparar algo nuevo.

Por eso creo que un viaje no empieza cuando coges un avión y tampoco termina cuando vuelves a casa.

Empieza cuando lo imaginas y continúa mucho después de haber vuelto.

Y mientras recuerdas uno, casi siempre ya estás pensando en el siguiente.

Porque conocer lugares nuevos es una de las cosas que más disfruto.

Pero quizá haya algo todavía más importante:

no perder nunca la ilusión por seguir conociéndolos.

Emilio

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