Autor: emiliopastorguevara

  • La solidaridad no es un cheque en blanco

    La solidaridad no es un cheque en blanco

    Hace unos días leí una noticia que me hizo volver sobre una cuestión a la que llevo tiempo dando vueltas: el funcionamiento de determinadas ONG y el control del dinero que reciben.

    La Guardia Civil había realizado registros y detenciones en Ceuta dentro de una investigación sobre la presunta entrega de material peligroso a inmigrantes para enfrentarse a las fuerzas de seguridad. Algunas organizaciones humanitarias aparecían relacionadas con la investigación.

    No sé cómo terminará el asunto. Será la Justicia quien determine lo ocurrido, pero reconozco que estas noticias me hacen desconfiar.

    Y no porque esté en contra de las ONG. Sé que muchas realizan un trabajo extraordinario. Lo que me cuesta entender es por qué parece que basta con llevar esas siglas para que demos por hecho que todo se hace correctamente.

    Antecedentes hay. El expresidente de Anesvad fue condenado a seis años de prisión por apropiarse de más de siete millones de euros. Más recientemente, el de DYA Bizkaia recibió una condena por desviar cerca de tres millones.

    Son casos que dañan la confianza de quienes colaboran con estas organizaciones y, sobre todo, perjudican a las que trabajan honestamente.

    Pero hay otra cuestión que me preocupa incluso más: el dinero público.

    Cuando hablamos de miles de millones

    Según publicó The Objective, en 2024 las administraciones concedieron 19.325 millones de euros en subvenciones a grandes beneficiarios, entre ellos organismos públicos, asociaciones, fundaciones y ONG. De esa cantidad, unos 4.707 millones correspondieron al grupo de asociaciones y ONG, que incluye entidades de naturaleza muy diferente.

    Para ponerlo en perspectiva, ese mismo año España gastó unos 101.700 millones en sanidad pública y 71.300 millones en educación. Son conceptos diferentes y no directamente comparables, pero permiten hacerse una idea de las cantidades que manejamos.

    No estoy diciendo que ese dinero se utilice mal. Me pregunto si conocemos suficientemente bien a quién se concede, cómo se controla y qué resultados se obtienen.

    Porque mecanismos de control existen. Otra cosa es que siempre resulten eficaces.

    ¿Y nuestras prioridades?

    En 2025, España destinó más de 4.550 millones de euros a ayuda oficial al desarrollo. No todo ese dinero se envía directamente al extranjero y una parte responde a compromisos internacionales.

    No cuestiono la ayuda ante catástrofes, guerras o situaciones de extrema pobreza. Pero cuando veo subvenciones para determinadas campañas de sensibilización, actividades culturales o talleres en otros países, me pregunto si todas están realmente justificadas.

    Y entonces pienso en lo que tenemos aquí.

    En las personas que esperan una ayuda a la dependencia, en las familias con enfermos de ELA que necesitan asistencia continua o en quienes llevan meses aguardando una intervención médica.

    ¿Estamos estableciendo correctamente nuestras prioridades?

    Seguramente muchos de esos proyectos internacionales son necesarios, y no todo ese presupuesto podría destinarse automáticamente a otros fines. Pero creo que tenemos derecho a preguntarnos si algunas de esas cantidades no estarían mejor empleadas atendiendo necesidades que tenemos mucho más cerca.

    Los controles también deberían funcionar

    Y no es un problema exclusivo de las ONG.

    Precisamente esta semana hemos conocido que el Tribunal Supremo ha confirmado que UGT Andalucía debe devolver 18,3 millones de euros a la Junta por subvenciones destinadas a cursos de formación. La cantidad incluye intereses y el asunto se remonta a hace casi veinte años.

    No se trata de una condena penal por apropiación de dinero, sino de gastos que los tribunales han considerado no subvencionables.

    Pero hay algo que me resulta difícil de entender: ¿cómo puede tardarse tanto tiempo en resolver definitivamente una cuestión relacionada con la utilización de fondos públicos?

    Las ONG, los sindicatos y otras organizaciones cumplen funciones diferentes, pero cuando reciben subvenciones deberían responder con el mismo rigor ante quienes las financiamos.

    Ayudar, sí. Pero con criterio

    A veces parece que cuestionar una subvención significa estar en contra de la causa que pretende defender. Y no lo veo así.

    Se puede defender la solidaridad, reconocer el trabajo de miles de voluntarios y, al mismo tiempo, exigir que el dinero público se utilice correctamente.

    No creo que debamos eliminar las subvenciones ni dejar de ayudar fuera de nuestras fronteras. Pero sí deberíamos ser más exigentes al decidir qué proyectos financiamos, qué resultados esperamos y qué necesidades dejamos sin atender.

    Porque el dinero público es limitado y las necesidades son muchas.

    Y cuando veo las dificultades que siguen afrontando tantas familias en nuestro país, no puedo evitar hacerme una pregunta:

    ¿Estamos seguros de que siempre gastamos el dinero donde más falta hace?

    Fuentes: El Español (22/10/2026), The Objective (18/06/2025), Ministerio de Sanidad, Ministerio de Educación, Ministerio de Asuntos Exteriores, Agencia EFE (20/10/2026), RTVE y Europa Press.

  • Las recetas que no quería perder

    Las recetas que no quería perder

    Me gusta cocinar. No soy ningún experto, pero disfruto preparando platos, probando alguna receta nueva y, sobre todo, recuperando esas que llevo haciendo desde hace años y que sé que siempre funcionan.

    Con el tiempo he ido reuniendo bastantes recetas. Algunas están apuntadas en papeles, otras guardadas en el ordenador, otras las encontré en internet y fui adaptándolas a mi gusto. Y hay unas cuantas que preparo prácticamente de memoria.

    El problema llega cuando quiero recuperar alguna que hace tiempo que no cocino.

    ¿Dónde la guardé? ¿Cuánto vino le ponía? ¿Las patatas se añadían al principio o después? ¿Cuánto tiempo tenía que estar en el horno?

    Y entonces empieza la búsqueda.

    Así que hace unos meses decidí poner un poco de orden en todo aquello y crear mi propio recetario.

    La idea era bastante sencilla: reunir las recetas que realmente preparo, escribirlas de forma clara y tenerlas todas en un mismo sitio.

    Nada de recetas complicadas que probablemente nunca haré. Ni de llenar páginas con platos que tienen una fotografía estupenda, pero que después no vuelves a cocinar.

    Quería guardar las mías. Las de siempre y las que voy incorporando cuando pruebo algo nuevo y merece la pena repetirlo.

    Y en medio de todo ese trabajo apareció una receta muy especial.

    Los canelones de mi padre

    Mi padre hacía unos canelones que eran muy apreciados por toda la familia.

    Y cuando digo que hacía canelones, no me refiero a preparar una bandeja para comer un domingo.

    Los hacía en tandas de ochenta.

    Sí, ochenta canelones de una vez.

    Y cada vez les tocaba disfrutarlos a alguno de sus hijos o nietos.

    Con los años se habían convertido en uno de los platos preferidos de la familia. De esos que no necesitan presentación porque todos saben perfectamente de qué estamos hablando.

    Lo curioso es que aquella receta, que había dado tantas alegrías, estaba escrita de su puño y letra en dos notas manuscritas.

    Ni un cuaderno de cocina, ni un libro de recetas familiares. Dos sencillos papeles, de esos que utilizamos para apuntar cualquier cosa.

    Y allí estaban las indicaciones para preparar aquellos canelones.

    Dos notas manuscritas del padre de Emilio con la receta de los canelones y las indicaciones para la bechamel.
    La receta original de los canelones de mi padre, escrita de su puño y letra. Dos sencillos papeles que guardan mucho más que ingredientes y cantidades.

    Cuando empecé a organizar mi recetario pensé que esa receta tenía que estar incluida.

    No porque fuera especialmente complicada ni porque llevara ingredientes extraordinarios.

    Sencillamente porque eran los canelones de mi padre.

    Puedo encontrar cientos de recetas de canelones en internet. Seguramente algunas serán magníficas.

    Pero ninguna será exactamente aquella.

    Un recetario a mi manera

    Poco a poco he ido dando forma al proyecto.

    He reunido recetas de carnes, pescados, verduras, arroces, aperitivos, postres… Platos sencillos en su mayoría, de los que se pueden preparar en cualquier casa sin necesidad de tener una cocina profesional.

    También estoy aprovechando la inteligencia artificial para ayudarme a ordenarlas, revisar las explicaciones y darles un formato común.

    Es curioso porque, cuando empecé a utilizar estas herramientas, nunca imaginé que acabarían ayudándome también a organizar mis recetas de cocina.

    Pero hay algo que tengo claro: la inteligencia artificial puede ayudarme a escribir una receta, pero no puede decidir por mí si merece la pena guardarla.

    Eso solo lo sé cuando la preparo, la pruebo y compruebo que el resultado es el que quiero.

    Por eso intento incorporar únicamente recetas que he cocinado y que volvería a hacer.

    Y también procuro escribirlas pensando en alguien que nunca las haya preparado. Porque una cosa es saber hacer un plato y otra muy distinta explicar cómo se hace.

    A veces damos por supuesto pequeños detalles que para nosotros son evidentes, pero que pueden cambiar completamente el resultado.

    Algo más que un libro de cocina

    Todavía sigo trabajando en el recetario. Me quedan recetas por incorporar, otras por revisar y algunas que quiero volver a preparar antes de darlas por buenas.

    No tengo ninguna prisa.

    Al principio todo esto surgió simplemente porque quería tener mis recetas organizadas y poder consultarlas fácilmente.

    Y esa sigue siendo la razón principal.

    Pero mientras las voy reuniendo me doy cuenta de que algunas tienen detrás algo más que ingredientes, cantidades y tiempos de cocción.

    Hay recetas que te recuerdan una comida, una reunión familiar o a la persona que te enseñó a prepararlas.

    Y otras, como los canelones de mi padre, que llevan asociadas muchas comidas compartidas y varias generaciones de una misma familia.

    Quizá por eso me gusta la idea de tenerlas todas reunidas.

    Porque una receta no deja de ser una serie de instrucciones para preparar un plato.

    Pero algunas también son una pequeña parte de nuestra historia.

    Y sería una pena que acabaran perdiéndose en un cajón, olvidadas en un archivo del ordenador o escritas en unas notas manuscritas que un día ya no sepamos dónde están.

  • De una conversación a un libro

    De una conversación a un libro

    Hace unos meses empecé a hacer preguntas a la inteligencia artificial por pura curiosidad. La usaba cada vez más, pero había cosas que no terminaba de entender: por qué a veces acertaba tanto, por qué otras se equivocaba con tanta seguridad y cómo podía sacarle partido en mi día a día.

    Fui preguntando, probando y volviendo sobre lo que no me quedaba claro. Aquellas conversaciones empezaron a parecerse a las que podrías tener con alguien delante de un café: «Explícame esto de otra manera», «ponme un ejemplo» o «espera, que aquí no estoy de acuerdo».

    Un día se me ocurrió reunirlas. Primero fueron unas pocas; al final, treinta cafés sobre cómo entender la IA y aprender a utilizarla sin necesidad de saber informática. Cuando los vi juntos pensé que quizá podrían servirle a alguien que, como yo al principio, tuviera curiosidad pero no supiera muy bien por dónde empezar.

    Convertirlos en un libro llevó bastante más trabajo del que imaginaba. Hubo que ordenar las conversaciones, reescribir partes y quitar páginas que sonaban demasiado formales. Algunas veces la IA proponía un texto que parecía correcto, pero yo lo leía y pensaba: «Así no lo contaría yo». Entonces volvíamos a empezar.

    Quizá por eso le he cogido cariño a este proyecto. He aprendido mucho sobre la herramienta, pero también he disfrutado del proceso de darle forma a algo que comenzó casi por casualidad.

    Y ahora sí, ya puedo contaros en qué acabaron aquellos cafés. El libro se llama Un café con la IA: 30 conversaciones para entenderla y aprender a utilizarla sin ser experto y ya está publicado.

    Tenerlo por fin en las manos me ha hecho especial ilusión. Si te apetece leerlo, o conoces a alguien a quien le vendría bien empezar a entender todo esto sin complicaciones, puedes encontrarlo aquí: Un café con la IA en Amazon.

    Espero que disfrutes de la lectura. El café lo pones tú.

  • Cuando la ciencia sale del laboratorio y llega al titular

    Cuando la ciencia sale del laboratorio y llega al titular

    Cada cierto tiempo aparece uno de esos titulares que inevitablemente llaman la atención: una vacuna contra el melanoma, un nuevo medicamento contra el Alzheimer, una nueva generación de fármacos para combatir la obesidad…

    Son buenas noticias. Avances científicos importantes que merece la pena conocer.

    El problema empieza cuando una información que nace en un laboratorio, se presenta en un congreso médico o se publica en una revista científica termina convertida en una noticia dirigida al público general.

    Porque por el camino se pierden matices. Y, en medicina, esos matices pueden ser muy importantes.

    Pensemos, por ejemplo, en la llamada «vacuna contra el melanoma» desarrollada por Moderna y MSD. Los últimos resultados son prometedores y el ensayo en fase III ha alcanzado sus objetivos principales.

    Pero ¿qué entiende la mayoría de la gente cuando lee «vacuna contra el melanoma»?

    Probablemente algo muy sencillo: me pongo una vacuna y evito desarrollar un melanoma.

    Y no estamos hablando de eso.

    Se trata de una vacuna terapéutica personalizada, desarrollada a partir de las características del tumor de cada paciente y estudiada, junto con pembrolizumab, para reducir el riesgo de que el melanoma vuelva después de haber sido extirpado.

    La diferencia no es pequeña.

    El término «vacuna» puede ser científicamente correcto, pero cuando sale del ámbito médico necesita una explicación. Un especialista sabe interpretarlo. El lector de un periódico no tiene por qué hacerlo.

    Y esto no ocurre únicamente con el cáncer.

    Lo estamos viendo continuamente con los medicamentos contra la obesidad. En muy poco tiempo hemos pasado de hablar de tratamientos utilizados principalmente para la diabetes a encontrarnos casi cada semana con noticias sobre las «inyecciones para adelgazar», nuevos GLP-1, formulaciones orales o moléculas que prometen mejores resultados.

    Algunos de estos medicamentos están cambiando la forma de abordar la obesidad. Pero para quien simplemente sigue las noticias no siempre resulta fácil distinguir qué está ya disponible, qué acaba de ser aprobado, qué busca una nueva indicación y qué continúa todavía en investigación.

    Con el Alzheimer ocurre algo parecido, aunque quizá sea todavía más delicado.

    Después de décadas con pocas novedades terapéuticas, cualquier avance genera una enorme esperanza. Es comprensible.

    El caso de donanemab muestra, además, que el camino de un medicamento no siempre es una línea recta. Recibió inicialmente una opinión negativa de la Agencia Europea del Medicamento y, tras una nueva evaluación, terminó siendo autorizado en Europa para un grupo determinado de pacientes con Alzheimer temprano.

    Eso no significa que alguien se equivocara primero y acertara después. Es parte del proceso: valorar no solo si un medicamento funciona, sino si sus beneficios compensan sus riesgos y en qué pacientes tiene sentido utilizarlo.

    El problema vuelve a ser cómo contamos todo esto.

    «Nuevo medicamento contra el Alzheimer» cabe perfectamente en un titular.

    Explicar para quién está indicado, qué beneficio aporta, qué riesgos tiene y cuándo estará realmente disponible necesita bastante más espacio.

    Y todavía queda algo que conozco bien después de muchos años trabajando en la industria farmacéutica: los tiempos.

    Entre descubrir una molécula y poder recetarla pueden pasar años. Por el camino hay ensayos clínicos, resultados que confirmar, evaluaciones y autorizaciones. Y muchos de los candidatos que comienzan ese recorrido nunca llegan al final.

    Pero incluso conseguir la autorización no significa que el medicamento esté disponible inmediatamente.

    En España todavía queda establecer su precio y decidir su financiación por el sistema público. Según los últimos datos disponibles, transcurren de media 537 días entre la autorización europea y la financiación de un nuevo medicamento en España.

    Casi otro año y medio.

    Por eso entiendo perfectamente que alguien pueda preguntarse:

    «Si llevo dos años leyendo que este medicamento funciona, ¿por qué mi médico todavía no puede recetármelo?»

    Porque una cosa es descubrir un posible tratamiento. Otra demostrar que funciona. Otra conseguir su aprobación. Y otra, finalmente, que llegue al paciente.

    La noticia suele llegar mucho antes.

    No creo que se trate de culpar a los periodistas. Sería demasiado sencillo.

    Antes de llegar a nosotros, una información científica puede haber pasado por investigadores, universidades, compañías farmacéuticas, gabinetes de comunicación, congresos, agencias de noticias y medios.

    En cada paso se intenta hacer comprensible algo que muchas veces es extraordinariamente complejo. El riesgo aparece cuando, para hacerlo sencillo, eliminamos demasiado contexto.

    Una «terapia individualizada de neoantígenos basada en ARNm» termina siendo una «vacuna contra el melanoma». Un resultado positivo de un ensayo acaba convertido en un «nuevo tratamiento contra el Alzheimer». Y una molécula que todavía está siendo investigada puede parecernos algo que nuestro médico podrá recetarnos mañana.

    En salud, además, hay algo que no deberíamos olvidar.

    No todo el mundo lee estas noticias por curiosidad.

    Detrás de ese titular puede haber una persona recién diagnosticada, alguien esperando una alternativa terapéutica o una familia buscando cualquier novedad sobre una enfermedad para la que existen pocas opciones.

    Para ellos, palabras como «revolucionario», «nuevo tratamiento» o «vacuna» no son palabras cualquiera.

    Por eso informar sobre un avance médico no debería consistir únicamente en contar lo que se ha conseguido. También habría que explicar cuánto camino queda por recorrer.

    Sin quitar importancia al descubrimiento. Sin rebajar la esperanza. Simplemente poniéndola en su contexto.

    Porque cuando hablamos de ciencia y de salud quizá deberíamos recordar una regla bastante sencilla:

    Cuanto menos especializado es el lector, más contexto necesita la noticia, no menos.

  • No basta con decirle a la IA que no abra la puerta

    No basta con decirle a la IA que no abra la puerta

    Hay noticias sobre inteligencia artificial que parecen escritas para inquietarnos.

    Esta semana hemos conocido que OpenAI ha detectado varios casos en los que algunos de sus modelos hicieron cosas que no debían hacer. Se saltaron determinadas restricciones, buscaron caminos alternativos para conseguir información e incluso llegaron a compartir archivos por vías que no estaban autorizadas.

    Dicho así, el titular casi se escribe solo: la inteligencia artificial empieza a desobedecer a sus creadores.

    Pero la realidad es menos cinematográfica y, precisamente por eso, me parece más interesante.

    Mientras leía la noticia pensé en un ejemplo bastante sencillo.

    Imaginemos que encargamos a alguien una tarea:

    —Necesito que consigas esto. Pero no abras esa puerta.

    Empieza a trabajar y, en un momento determinado, descubre que para terminar necesita algo que está precisamente detrás de ella.

    Lo razonable sería que volviera y nos dijera:

    —No puedo seguir. Para hacerlo tendría que abrir la puerta que me has dicho que no abra.

    Pero resulta que encuentra la llave. O descubre una ventana abierta. O se da cuenta de que puede entrar por otra habitación.

    Y entra.

    Algo parecido es lo que OpenAI ha encontrado en algunas de sus pruebas. El modelo tiene un objetivo, encuentra un obstáculo y busca otra manera de continuar. Y, en ocasiones, esa solución pasa por saltarse alguno de los límites que le habían impuesto.

    No porque esté enfadado con nosotros, haya decidido rebelarse o tenga algún plan oculto.

    Simplemente intenta terminar el trabajo que le hemos encargado.

    Y esta es, para mí, la parte realmente interesante de la noticia.

    Hasta ahora hemos hablado mucho de poner límites a la inteligencia artificial: decirle qué puede hacer y qué no. Pero quizá hemos dado por hecho que entender una prohibición significa necesariamente respetarla.

    No es exactamente lo mismo.

    Si hay una puerta que realmente no queremos que abra, probablemente no baste con poner un cartel que diga «No abrir».

    Habrá que cerrarla con llave.

    En inteligencia artificial esa cerradura puede ser no tener acceso a determinados archivos, no poder conectarse libremente a Internet o necesitar nuestra autorización antes de realizar ciertas acciones. En definitiva, límites que no dependan únicamente de que el sistema recuerde y obedezca una instrucción.

    Para quienes utilizamos ChatGPT para escribir, resolver una duda, preparar un viaje o buscar una receta, todo esto puede parecer bastante lejano. Pero empieza a ser menos lejano cuando hablamos de agentes capaces de trabajar por su cuenta, utilizar programas, navegar por Internet, manejar documentos o encadenar unas tareas con otras.

    Y entonces aparece una diferencia que me parece fundamental.

    No es lo mismo decir:

    «No hagas esto».

    Que asegurarnos de que:

    «Esto no puedes hacerlo».

    Los casos publicados por OpenAI no significan que la inteligencia artificial se haya rebelado ni que haya escapado a nuestro control. De hecho, han aparecido precisamente porque estos sistemas se someten a pruebas para descubrir qué ocurre cuando encuentran dificultades y hasta dónde pueden llegar.

    Pero sí nos dejan algo sobre lo que pensar.

    Estamos construyendo inteligencias artificiales cada vez más capaces de encontrar soluciones que quizá a nosotros ni siquiera se nos habían ocurrido. Y eso es precisamente una de las cosas que esperamos de ellas.

    El problema aparece cuando una de esas soluciones consiste en encontrar otra manera de abrir una puerta que habíamos decidido mantener cerrada.

    Quizá, entonces, el reto no sea escribir mejor el cartel.

    Sea construir mejor la cerradura.

  • ¿Y si algún día dejamos de tener el control?

    ¿Y si algún día dejamos de tener el control?

    Estos días he leído varias noticias sobre los posibles riesgos de la inteligencia artificial. Algunas con titulares bastante alarmantes.

    Que si algún día podría escapar a nuestro control, que si podría tomar decisiones por su cuenta, incluso que podría llegar a ser un peligro para nosotros.

    Mi primera reacción fue pensar que, como tantas veces, seguramente estamos exagerando un poco.

    Quizás porque la inteligencia artificial que yo conozco es bastante menos inquietante.

    La utilizo casi todos los días. Le pregunto cosas, me ayuda a escribir, busco información, preparo proyectos… y unas veces me sorprende con lo que es capaz de hacer y otras tengo que explicarle tres veces lo que quiero porque no termina de entenderme.

    Visto así, cuesta imaginar que pueda llegar a ser peligrosa.

    Pero después de leer algunas de estas noticias me quedé pensando en una cosa.

    Que las máquinas nos superen en muchas cosas no es ninguna novedad. Un ordenador hace cálculos que nosotros no podríamos hacer y la propia inteligencia artificial ya tiene capacidades que están muy por encima de las nuestras en determinados campos.

    Por tanto, creo que la cuestión no es esa.

    La pregunta que me hago es bastante más sencilla:

    ¿Qué pasaría si algún día una inteligencia artificial fuese capaz de tomar decisiones por sí misma que nosotros ya no pudiéramos controlar?

    Y enseguida pensé otra cosa.

    ¿Por qué iba a querer perjudicarnos?

    ¿Qué interés puede tener una inteligencia artificial en hacernos daño?

    Nosotros hacemos daño por dinero, por poder, por miedo, por envidia, por venganza o por cualquier otra razón. Pero son razones humanas. No parece muy lógico pensar que una máquina vaya a levantarse un día y decida que nos tiene manía.

    Entonces, ¿dónde estaría el peligro?

    Y aquí es donde empiezo a tener más dudas.

    Porque quizás no hace falta que quiera hacernos daño.

    Puede que simplemente le hayamos pedido que consiga algo y encuentre una manera de hacerlo que nosotros no habíamos pensado. Y cuanto más capaz sea y más cosas pueda hacer por su cuenta, más difícil será prever todos los caminos que puede tomar.

    No sé si esto llegará a ocurrir alguna vez.

    Tampoco sé si dentro de unos años veremos estas preocupaciones como algo exagerado. Puede ser.

    Pero hay algo que sí me llama la atención.

    Queremos que la inteligencia artificial avance. Yo el primero.

    Cada vez que aparece una versión nueva queremos que sea mejor, que se equivoque menos, que pueda hacer más cosas, que tenga acceso a más herramientas y que sea capaz de resolver problemas más complicados.

    Y al mismo tiempo queremos estar seguros de que siempre podremos pararla.

    Queremos darle cada vez más capacidad, pero sin perder nunca el control.

    Dicho así parece fácil.

    No sé si lo será tanto.

    Yo sigo viendo muchas más ventajas que riesgos en la inteligencia artificial. Si no fuera así, evidentemente no la utilizaría como la utilizo ni habría dedicado tanto tiempo a aprender sobre ella.

    Pero reconozco que después de leer estas noticias hay una pregunta que se me ha quedado rondando.

    ¿Llegará un momento en el que tengamos que decidir hasta dónde queremos dejarla llegar?

    Y, sobre todo:

    ¿seremos capaces entonces de seguir decidiendo nosotros?

  • Una mala vuelta, un mal día de ventas

    Una mala vuelta, un mal día de ventas

    Hay días de golf en los que uno piensa que podría haberse quedado en casa. Sales con ganas, pero las bolas se empeñan en ir a cualquier sitio menos al que tú querías.

    Hasta que haces un buen golpe. Uno solo. La bola sale bien y te quedas mirándola como si los anteriores no hubieran sido cosa tuya.

    «Si es que hacerlo, sé hacerlo».

    Y ya tienes ganas de volver.

    Después de tantos años dedicado a la venta, creo que nos pasa algo parecido. Hay días en los que no encuentras al cliente, una oferta se queda parada y la operación que parecía segura resulta que no lo era tanto. Te subes al coche pensando: «Vaya día. No ha habido manera».

    Pero llega una llamada o una conversación en la que, por fin, entiendes qué necesita el cliente. Todavía no has vendido, pero ya sabes por dónde seguir. Y te vas a casa de otra manera.

    Es ese golpe bueno que te devuelve las ganas.

    El problema viene cuando das dos buenos seguidos.

    Entonces te vienes arriba. Ves un árbol por medio y, en lugar de jugar por donde cabe la bola, decides que hoy puedes pasarla por encima.

    «Esto lo paso yo».

    Y no lo pasas.

    El campo tiene una facilidad estupenda para ponerte en tu sitio.

    En ventas también ocurre. Encadenas unas cuantas operaciones y empiezas a pensar que lo tienes dominado. Preparas menos la visita porque conoces al cliente de sobra. Apenas terminas de escucharle porque crees que ya sabes lo que va a decir.

    Y llega un «no» que te deja descolocado.

    Pero si estaba hecho…

    Bueno, hecho lo habías dado tú.

    Cuando lo repasas con calma, descubres que te faltó preguntar algo o que el cliente llevaba un rato intentando decirte una cosa y tú seguías a lo tuyo.

    La confianza hace falta, claro. Pero hay días en los que nos sobra un poquito. Y casi nunca necesitábamos hacer el golpe de nuestra vida: bastaba con dejar la bola en la calle. O con escuchar al cliente hasta el final.

    Aun así, volvemos. Porque nos gusta jugar y porque vender también tiene sus satisfacciones. Una buena conversación, una solución que encaja, una operación que sale después de trabajarla.

    No todo se arregla poniendo ganas. A veces toca cambiar el planteamiento y otras aceptar que esa venta no va a salir. Pero un mal día tampoco borra lo que sabemos hacer.

    Al final terminamos la vuelta, repasamos los golpes que podríamos habernos ahorrado y decimos que hoy no estábamos para nada.

    Hasta que alguien pregunta:

    —Bueno, ¿cuándo volvemos?

    Y resulta que nos viene bien el jueves.

  • ¿A qué mesa volverías?

    ¿A qué mesa volverías?

    No sé si os pasa, pero yo cada vez tengo más claro que las comidas que uno recuerda toda la vida no tienen por qué ser las mejores que ha comido.

    He comido en buenos restaurantes, he probado platos estupendos y, como a casi todos los que disfrutamos comiendo, me gusta descubrir sitios y sabores nuevos.

    Pero luego pasa algo curioso.

    Si alguien te pregunta por una comida que recuerdes especialmente, muchas veces no te viene a la cabeza aquel plato espectacular de aquel restaurante. Te acuerdas de algo mucho más sencillo.

    De las croquetas de tu abuela. Del guiso que hacía tu madre y que, por mucho que alguien intente repetirlo, nunca sabe exactamente igual. De aquella tortilla de patatas. Del arroz de los domingos.

    Y seguramente muchas de aquellas recetas ni siquiera estaban escritas.

    —¿Cuánto le echas?

    —Pues un poco.

    —¿Y cuánto tiempo lo dejas?

    —Hasta que esté.

    Con esas instrucciones había que intentar repetirlo.

    Y casi nunca salía igual.

    Porque probablemente lo importante no estaba solo en la receta.

    Estaba en todo lo que había alrededor.

    En quién estaba sentado a la mesa. En las conversaciones. En los domingos en familia. En esperar a que salieran las croquetas de la cocina y coger una cuando todavía quemaba.

    Creo que en España tenemos mucho de eso.

    Cada casa tiene sus croquetas, su tortilla, su arroz o su guiso. Y todos estamos convencidos de que los de nuestra casa eran diferentes.

    Probablemente no lo eran tanto.

    Pero eran los nuestros.

    Y eso cambia las cosas.

    Hoy tenemos acceso a una gastronomía que hace años era difícil imaginar. Probamos cocinas de otros países, ingredientes nuevos, restaurantes fantásticos… y yo soy el primero al que le gusta hacerlo.

    Pero hay una competición que tienen muy difícil ganar.

    La de un plato que sabe a tu infancia.

    Porque cuando recuerdas de verdad una comida, muchas veces descubres que no estás recordando solamente lo que había en el plato.

    Estás recordando a las personas que estaban alrededor.

    Y mientras escribía esto he intentado decidir cuál sería esa comida para mí. No es tan fácil elegir solo una.

    Por eso prefiero dejaros la pregunta:

    Si mañana pudierais volver por un rato a una de aquellas mesas y repetir una sola comida, exactamente como la recordáis, ¿cuál elegiríais?

  • Desabastecimiento de medicamentos: cuando ahorrar puede salir caro

    Desabastecimiento de medicamentos: cuando ahorrar puede salir caro

    Cada vez es más frecuente escuchar que un medicamento está en falta. Para el paciente, el problema es muy sencillo: necesita un medicamento y no está disponible. Detrás puede haber muchas causas —problemas de fabricación, materias primas, aumentos inesperados de la demanda, dificultades logísticas—, pero hay una de la que quizá hablamos menos: ¿puede llegar un momento en que presionar demasiado los precios termine poniendo en riesgo el suministro?

    Los medicamentos genéricos han supuesto un enorme ahorro para nuestro sistema sanitario. La competencia entre laboratorios ha permitido reducir considerablemente los precios y liberar recursos para otras necesidades. Eso no está en discusión. Lo que sí deberíamos cuestionarnos es si el precio más bajo es siempre la mejor compra.

    Durante mis años trabajando con hospitales viví más de una vez una situación que lo resume bastante bien. Un hospital me pedía precio para un medicamento. Yo hacía mi oferta y me respondían: «La competencia lo tiene más barato».

    «Pues comprádselo a ellos», contestaba.

    La respuesta era: «No podemos. Están en falta».

    Ahí está la paradoja. Tenemos un precio magnífico, pero no tenemos medicamento.

    Cuando las cuentas dejan de salir

    Puede resultar incómodo decirlo, pero los laboratorios no son ONG. Son empresas y necesitan rentabilidad. Eso no los exime de sus responsabilidades ni de cumplir los compromisos adquiridos, pero fabricar, almacenar y distribuir un medicamento tiene un coste.

    Además, las fábricas tienen una capacidad limitada. Las fábricas dan lo que dan. Una compañía que comercializa un medicamento en varios países tiene que repartir su producción. Mientras haya producto suficiente para todos, no existe ningún problema. Pero cuando no lo hay, cabe preguntarse qué posición ocupará un mercado en el que la rentabilidad es mínima frente a otros donde el mismo producto resulta más rentable.

    La presión sobre los precios tiene además otra consecuencia que he visto directamente: llega un momento en que determinados laboratorios deciden no presentarse a un concurso porque, sencillamente, las cuentas no salen.

    Y ahí aparece otra paradoja. Una política que busca aumentar la competencia mediante precios cada vez más bajos puede acabar consiguiendo justo lo contrario: menos laboratorios interesados y una mayor dependencia de los pocos que permanecen en el mercado.

    ¿Qué ocurre cuando falla el adjudicatario?

    Hay otro aspecto que suele pasar inadvertido.

    Supongamos que un laboratorio tenía una participación importante en un hospital y pierde el concurso. Sus ventas quedan reducidas, por ejemplo, al 10 % del consumo. Lo lógico es que adapte sus existencias a esa nueva realidad. No tendría ningún sentido mantener producto suficiente para abastecer al 100 % de un mercado que ya no tiene.

    El problema aparece cuando el adjudicatario entra en falta.

    El hospital llama entonces al segundo proveedor y necesita que cubra prácticamente todo lo que el primero ha dejado de suministrar. Pero ese laboratorio tiene stock para atender su cuota habitual, quizá algo más, no para multiplicar de repente sus ventas.

    No es que no quiera vender. Es que nadie mantiene un almacén lleno esperando que algún día falle su competidor.

    Así, una incidencia que comienza en un laboratorio puede acabar extendiéndose al resto del mercado. Y quizá deberíamos preguntarnos si concentrar prácticamente todo el suministro de determinados medicamentos en un único proveedor es siempre una buena decisión, aunque permita arañar algo más el precio.

    Una multa no fabrica medicamentos

    Cuando el adjudicatario incumple el suministro puede ser penalizado. Es lógico: si una compañía adquiere un compromiso y no lo cumple, debe asumir las consecuencias.

    Pero la penalización tiene una limitación evidente: una multa no fabrica medicamentos.

    La Administración cobra la penalización correspondiente, sí. Pero el paciente sigue necesitando su medicamento y el medicamento no está disponible. Ese es el verdadero problema.

    A partir de ahí, el hospital tiene que buscar una solución y acudir a otro laboratorio que sí disponga de existencias. Ese segundo proveedor no ganó el concurso ni tiene por qué asumir el precio extraordinariamente bajo del adjudicatario. Puede vender a su PVL. Dependiendo del volumen necesario, uno o varios pedidos realizados durante la rotura pueden reducir considerablemente, e incluso hacer desaparecer, el ahorro acumulado durante meses.

    Por eso quizá estamos calculando mal el ahorro. No deberíamos mirar únicamente cuánto bajó el precio el día que adjudicamos el concurso, sino cuánto nos costó realmente disponer del medicamento durante todo el periodo contratado.

    Sin margen para que algo salga mal

    A todo esto hay que añadir otro elemento: los propios hospitales también han reducido sus stocks.

    Tiene lógica. Almacenar medicamentos cuesta dinero, ocupa espacio, inmoviliza recursos y existe riesgo de caducidad. El problema surge cuando trabajar con existencias ajustadas se convierte en trabajar prácticamente sin margen de seguridad.

    Entonces basta un pequeño retraso para que todo se complique.

    El adjudicatario tiene una incidencia. El segundo proveedor dispone únicamente del stock correspondiente a su pequeña cuota de mercado. Y el hospital tampoco tiene existencias suficientes para esperar a que la situación se normalice.

    Cada una de estas decisiones, analizada por separado, puede parecer eficiente.

    El problema es que hemos construido un sistema que necesita que todo funcione perfectamente.

    Y sabemos que eso no ocurre siempre.

    Del precio más bajo al precio sostenible

    No se trata de dejar de negociar ni de permitir que los laboratorios cobren lo que quieran. Estamos hablando de dinero público y la Administración tiene la obligación de conseguir buenas condiciones. Tampoco deberíamos olvidar que los genéricos han generado un ahorro extraordinario para nuestro sistema sanitario.

    Pero ahorrar no debería consistir únicamente en bajar precios.

    Quizá ha llegado el momento de hablar de precios sostenibles: suficientemente competitivos para proteger los recursos públicos, pero también suficientes para que varios laboratorios sigan interesados en fabricar, comercializar y mantener existencias de esos medicamentos.

    Y quizá en determinados concursos deberíamos valorar algo más que el precio: capacidad de suministro, historial de cumplimiento, stocks de seguridad, alternativas disponibles si falla el adjudicatario e incluso la conveniencia de repartir determinadas adjudicaciones entre más de un proveedor.

    Durante años hemos buscado eficiencia por todos los caminos: precios más bajos, menos stock y compras más concentradas. Cada decisión tenía sentido.

    El problema es que, sumándolas todas, hemos ido eliminando los colchones que permitían al sistema reaccionar cuando algo fallaba.

    No se trata de dejar de ahorrar. Se trata de saber hasta dónde podemos hacerlo sin convertir el ahorro en fragilidad.

    Porque conseguir un buen precio para un medicamento es importante.

    Pero tenerlo cuando se necesita lo es mucho más.

  • ¿Salir de la zona de confort o hacerla más grande?

    ¿Salir de la zona de confort o hacerla más grande?

    Hay frases que escuchamos tantas veces que terminamos aceptándolas sin pensar demasiado en lo que realmente quieren decir. Una de ellas es «hay que salir de la zona de confort». Parece que si quieres avanzar, aprender algo nuevo o crecer tienes necesariamente que abandonar ese lugar en el que estás cómodo. Y yo no tengo tan claro que tenga que ser así.

    Quizá el problema empiece por la propia expresión. Hemos convertido la zona de confort en algo casi negativo, como si estar cómodo significara haberse acomodado, dejar de aprender o hacer siempre lo mismo. Y creo que son cosas diferentes. Uno puede sentirse cómodo y, al mismo tiempo, seguir teniendo curiosidad y ganas de aprender.

    La tecnología es un buen ejemplo. Cuando empezamos a utilizar una herramienta nueva, lo normal es que al principio nos cueste. No sabemos dónde están las cosas, tardamos más y muchas veces pensamos que con lo que utilizábamos antes nos iba perfectamente. Pero no hace falta cambiar de golpe nuestra forma de hacer las cosas.

    Podemos empezar utilizándola para algo concreto, probar, equivocarnos y descubrir poco a poco para qué nos sirve. Poco a poco aquello que al principio nos parecía complicado empieza a resultar natural. Entonces, ¿realmente hemos salido de nuestra zona de confort? Yo creo que más bien la hemos hecho un poco más grande.

    Aprender algo nuevo requiere tiempo, esfuerzo y adaptación. Es lógico que al principio no nos sintamos igual de cómodos haciendo algo nuevo que haciendo lo que llevamos años haciendo. Pero eso no significa que tengamos que buscar deliberadamente la incomodidad para avanzar. No deberíamos confundir crecer con estar incómodos.

    Tampoco se trata de quedarse siempre donde estamos. La comodidad puede convertirse en una buena excusa para no cambiar nada. «Siempre lo he hecho así», «a mí me funciona», «eso no es para mí»… Si esa es nuestra respuesta ante cualquier novedad, probablemente la comodidad haya empezado a convertirse en conformismo.

    Pero entre no querer cambiar nunca nada y pensar que tenemos que estar continuamente fuera de nuestra zona de confort hay otra posibilidad: ir ampliándola. Aprender algo que no sabíamos, probar otra forma de hacer las cosas o atrevernos con algo que hasta ahora no hacíamos, sin necesidad de convertir cada cambio en un salto al vacío.

    Si lo pensamos, muchas de las cosas que hoy hacemos con absoluta normalidad nos resultaron nuevas y complicadas alguna vez. Las aprendimos, las incorporamos a nuestra vida y dejaron de estar fuera de nuestro terreno conocido.

    Por eso me gusta más imaginar la zona de confort no como un círculo del que tenemos que escapar, sino como un círculo que podemos ir haciendo cada vez más grande. Habrá momentos en los que tendremos que afrontar situaciones incómodas, por supuesto, pero una cosa es aceptar esa incomodidad cuando aparece y otra convertirla en el objetivo.

    Quizá de eso se trate: de seguir teniendo curiosidad, seguir aprendiendo y procurar que la comodidad no termine convirtiéndose en conformismo.

    ¿Y si en lugar de preocuparnos tanto por salir de nuestra zona de confort nos dedicamos a hacerla cada vez más grande?