Autor: emiliopastorguevara

  • ¿A qué mesa volverías?

    ¿A qué mesa volverías?

    No sé si os pasa, pero yo cada vez tengo más claro que las comidas que uno recuerda toda la vida no tienen por qué ser las mejores que ha comido.

    He comido en buenos restaurantes, he probado platos estupendos y, como a casi todos los que disfrutamos comiendo, me gusta descubrir sitios y sabores nuevos.

    Pero luego pasa algo curioso.

    Si alguien te pregunta por una comida que recuerdes especialmente, muchas veces no te viene a la cabeza aquel plato espectacular de aquel restaurante. Te acuerdas de algo mucho más sencillo.

    De las croquetas de tu abuela. Del guiso que hacía tu madre y que, por mucho que alguien intente repetirlo, nunca sabe exactamente igual. De aquella tortilla de patatas. Del arroz de los domingos.

    Y seguramente muchas de aquellas recetas ni siquiera estaban escritas.

    —¿Cuánto le echas?

    —Pues un poco.

    —¿Y cuánto tiempo lo dejas?

    —Hasta que esté.

    Con esas instrucciones había que intentar repetirlo.

    Y casi nunca salía igual.

    Porque probablemente lo importante no estaba solo en la receta.

    Estaba en todo lo que había alrededor.

    En quién estaba sentado a la mesa. En las conversaciones. En los domingos en familia. En esperar a que salieran las croquetas de la cocina y coger una cuando todavía quemaba.

    Creo que en España tenemos mucho de eso.

    Cada casa tiene sus croquetas, su tortilla, su arroz o su guiso. Y todos estamos convencidos de que los de nuestra casa eran diferentes.

    Probablemente no lo eran tanto.

    Pero eran los nuestros.

    Y eso cambia las cosas.

    Hoy tenemos acceso a una gastronomía que hace años era difícil imaginar. Probamos cocinas de otros países, ingredientes nuevos, restaurantes fantásticos… y yo soy el primero al que le gusta hacerlo.

    Pero hay una competición que tienen muy difícil ganar.

    La de un plato que sabe a tu infancia.

    Porque cuando recuerdas de verdad una comida, muchas veces descubres que no estás recordando solamente lo que había en el plato.

    Estás recordando a las personas que estaban alrededor.

    Y mientras escribía esto he intentado decidir cuál sería esa comida para mí. No es tan fácil elegir solo una.

    Por eso prefiero dejaros la pregunta:

    Si mañana pudierais volver por un rato a una de aquellas mesas y repetir una sola comida, exactamente como la recordáis, ¿cuál elegiríais?

  • Desabastecimiento de medicamentos: cuando ahorrar puede salir caro

    Desabastecimiento de medicamentos: cuando ahorrar puede salir caro

    Cada vez es más frecuente escuchar que un medicamento está en falta. Para el paciente, el problema es muy sencillo: necesita un medicamento y no está disponible. Detrás puede haber muchas causas —problemas de fabricación, materias primas, aumentos inesperados de la demanda, dificultades logísticas—, pero hay una de la que quizá hablamos menos: ¿puede llegar un momento en que presionar demasiado los precios termine poniendo en riesgo el suministro?

    Los medicamentos genéricos han supuesto un enorme ahorro para nuestro sistema sanitario. La competencia entre laboratorios ha permitido reducir considerablemente los precios y liberar recursos para otras necesidades. Eso no está en discusión. Lo que sí deberíamos cuestionarnos es si el precio más bajo es siempre la mejor compra.

    Durante mis años trabajando con hospitales viví más de una vez una situación que lo resume bastante bien. Un hospital me pedía precio para un medicamento. Yo hacía mi oferta y me respondían: «La competencia lo tiene más barato».

    «Pues comprádselo a ellos», contestaba.

    La respuesta era: «No podemos. Están en falta».

    Ahí está la paradoja. Tenemos un precio magnífico, pero no tenemos medicamento.

    Cuando las cuentas dejan de salir

    Puede resultar incómodo decirlo, pero los laboratorios no son ONG. Son empresas y necesitan rentabilidad. Eso no los exime de sus responsabilidades ni de cumplir los compromisos adquiridos, pero fabricar, almacenar y distribuir un medicamento tiene un coste.

    Además, las fábricas tienen una capacidad limitada. Las fábricas dan lo que dan. Una compañía que comercializa un medicamento en varios países tiene que repartir su producción. Mientras haya producto suficiente para todos, no existe ningún problema. Pero cuando no lo hay, cabe preguntarse qué posición ocupará un mercado en el que la rentabilidad es mínima frente a otros donde el mismo producto resulta más rentable.

    La presión sobre los precios tiene además otra consecuencia que he visto directamente: llega un momento en que determinados laboratorios deciden no presentarse a un concurso porque, sencillamente, las cuentas no salen.

    Y ahí aparece otra paradoja. Una política que busca aumentar la competencia mediante precios cada vez más bajos puede acabar consiguiendo justo lo contrario: menos laboratorios interesados y una mayor dependencia de los pocos que permanecen en el mercado.

    ¿Qué ocurre cuando falla el adjudicatario?

    Hay otro aspecto que suele pasar inadvertido.

    Supongamos que un laboratorio tenía una participación importante en un hospital y pierde el concurso. Sus ventas quedan reducidas, por ejemplo, al 10 % del consumo. Lo lógico es que adapte sus existencias a esa nueva realidad. No tendría ningún sentido mantener producto suficiente para abastecer al 100 % de un mercado que ya no tiene.

    El problema aparece cuando el adjudicatario entra en falta.

    El hospital llama entonces al segundo proveedor y necesita que cubra prácticamente todo lo que el primero ha dejado de suministrar. Pero ese laboratorio tiene stock para atender su cuota habitual, quizá algo más, no para multiplicar de repente sus ventas.

    No es que no quiera vender. Es que nadie mantiene un almacén lleno esperando que algún día falle su competidor.

    Así, una incidencia que comienza en un laboratorio puede acabar extendiéndose al resto del mercado. Y quizá deberíamos preguntarnos si concentrar prácticamente todo el suministro de determinados medicamentos en un único proveedor es siempre una buena decisión, aunque permita arañar algo más el precio.

    Una multa no fabrica medicamentos

    Cuando el adjudicatario incumple el suministro puede ser penalizado. Es lógico: si una compañía adquiere un compromiso y no lo cumple, debe asumir las consecuencias.

    Pero la penalización tiene una limitación evidente: una multa no fabrica medicamentos.

    La Administración cobra la penalización correspondiente, sí. Pero el paciente sigue necesitando su medicamento y el medicamento no está disponible. Ese es el verdadero problema.

    A partir de ahí, el hospital tiene que buscar una solución y acudir a otro laboratorio que sí disponga de existencias. Ese segundo proveedor no ganó el concurso ni tiene por qué asumir el precio extraordinariamente bajo del adjudicatario. Puede vender a su PVL. Dependiendo del volumen necesario, uno o varios pedidos realizados durante la rotura pueden reducir considerablemente, e incluso hacer desaparecer, el ahorro acumulado durante meses.

    Por eso quizá estamos calculando mal el ahorro. No deberíamos mirar únicamente cuánto bajó el precio el día que adjudicamos el concurso, sino cuánto nos costó realmente disponer del medicamento durante todo el periodo contratado.

    Sin margen para que algo salga mal

    A todo esto hay que añadir otro elemento: los propios hospitales también han reducido sus stocks.

    Tiene lógica. Almacenar medicamentos cuesta dinero, ocupa espacio, inmoviliza recursos y existe riesgo de caducidad. El problema surge cuando trabajar con existencias ajustadas se convierte en trabajar prácticamente sin margen de seguridad.

    Entonces basta un pequeño retraso para que todo se complique.

    El adjudicatario tiene una incidencia. El segundo proveedor dispone únicamente del stock correspondiente a su pequeña cuota de mercado. Y el hospital tampoco tiene existencias suficientes para esperar a que la situación se normalice.

    Cada una de estas decisiones, analizada por separado, puede parecer eficiente.

    El problema es que hemos construido un sistema que necesita que todo funcione perfectamente.

    Y sabemos que eso no ocurre siempre.

    Del precio más bajo al precio sostenible

    No se trata de dejar de negociar ni de permitir que los laboratorios cobren lo que quieran. Estamos hablando de dinero público y la Administración tiene la obligación de conseguir buenas condiciones. Tampoco deberíamos olvidar que los genéricos han generado un ahorro extraordinario para nuestro sistema sanitario.

    Pero ahorrar no debería consistir únicamente en bajar precios.

    Quizá ha llegado el momento de hablar de precios sostenibles: suficientemente competitivos para proteger los recursos públicos, pero también suficientes para que varios laboratorios sigan interesados en fabricar, comercializar y mantener existencias de esos medicamentos.

    Y quizá en determinados concursos deberíamos valorar algo más que el precio: capacidad de suministro, historial de cumplimiento, stocks de seguridad, alternativas disponibles si falla el adjudicatario e incluso la conveniencia de repartir determinadas adjudicaciones entre más de un proveedor.

    Durante años hemos buscado eficiencia por todos los caminos: precios más bajos, menos stock y compras más concentradas. Cada decisión tenía sentido.

    El problema es que, sumándolas todas, hemos ido eliminando los colchones que permitían al sistema reaccionar cuando algo fallaba.

    No se trata de dejar de ahorrar. Se trata de saber hasta dónde podemos hacerlo sin convertir el ahorro en fragilidad.

    Porque conseguir un buen precio para un medicamento es importante.

    Pero tenerlo cuando se necesita lo es mucho más.

  • ¿Salir de la zona de confort o hacerla más grande?

    ¿Salir de la zona de confort o hacerla más grande?

    Hay frases que escuchamos tantas veces que terminamos aceptándolas sin pensar demasiado en lo que realmente quieren decir. Una de ellas es «hay que salir de la zona de confort». Parece que si quieres avanzar, aprender algo nuevo o crecer tienes necesariamente que abandonar ese lugar en el que estás cómodo. Y yo no tengo tan claro que tenga que ser así.

    Quizá el problema empiece por la propia expresión. Hemos convertido la zona de confort en algo casi negativo, como si estar cómodo significara haberse acomodado, dejar de aprender o hacer siempre lo mismo. Y creo que son cosas diferentes. Uno puede sentirse cómodo y, al mismo tiempo, seguir teniendo curiosidad y ganas de aprender.

    La tecnología es un buen ejemplo. Cuando empezamos a utilizar una herramienta nueva, lo normal es que al principio nos cueste. No sabemos dónde están las cosas, tardamos más y muchas veces pensamos que con lo que utilizábamos antes nos iba perfectamente. Pero no hace falta cambiar de golpe nuestra forma de hacer las cosas.

    Podemos empezar utilizándola para algo concreto, probar, equivocarnos y descubrir poco a poco para qué nos sirve. Poco a poco aquello que al principio nos parecía complicado empieza a resultar natural. Entonces, ¿realmente hemos salido de nuestra zona de confort? Yo creo que más bien la hemos hecho un poco más grande.

    Aprender algo nuevo requiere tiempo, esfuerzo y adaptación. Es lógico que al principio no nos sintamos igual de cómodos haciendo algo nuevo que haciendo lo que llevamos años haciendo. Pero eso no significa que tengamos que buscar deliberadamente la incomodidad para avanzar. No deberíamos confundir crecer con estar incómodos.

    Tampoco se trata de quedarse siempre donde estamos. La comodidad puede convertirse en una buena excusa para no cambiar nada. «Siempre lo he hecho así», «a mí me funciona», «eso no es para mí»… Si esa es nuestra respuesta ante cualquier novedad, probablemente la comodidad haya empezado a convertirse en conformismo.

    Pero entre no querer cambiar nunca nada y pensar que tenemos que estar continuamente fuera de nuestra zona de confort hay otra posibilidad: ir ampliándola. Aprender algo que no sabíamos, probar otra forma de hacer las cosas o atrevernos con algo que hasta ahora no hacíamos, sin necesidad de convertir cada cambio en un salto al vacío.

    Si lo pensamos, muchas de las cosas que hoy hacemos con absoluta normalidad nos resultaron nuevas y complicadas alguna vez. Las aprendimos, las incorporamos a nuestra vida y dejaron de estar fuera de nuestro terreno conocido.

    Por eso me gusta más imaginar la zona de confort no como un círculo del que tenemos que escapar, sino como un círculo que podemos ir haciendo cada vez más grande. Habrá momentos en los que tendremos que afrontar situaciones incómodas, por supuesto, pero una cosa es aceptar esa incomodidad cuando aparece y otra convertirla en el objetivo.

    Quizá de eso se trate: de seguir teniendo curiosidad, seguir aprendiendo y procurar que la comodidad no termine convirtiéndose en conformismo.

    ¿Y si en lugar de preocuparnos tanto por salir de nuestra zona de confort nos dedicamos a hacerla cada vez más grande?

  • Un viaje empieza mucho antes de salir de casa

    Un viaje empieza mucho antes de salir de casa

    Siempre me ha gustado viajar. Y con el tiempo he descubierto que disfruto de los viajes mucho antes de hacer la maleta.

    Para mí empiezan con una pregunta muy sencilla:

    ¿Dónde vamos esta vez?

    Y la respuesta no suele ser tan sencilla.

    Hay tantos sitios que queremos conocer que muchas veces no sabemos cuál elegir. Al final hay que decidir en función del presupuesto, la época del año, los días disponibles, el clima y, por supuesto, las ganas que tengamos de conocer un sitio u otro.

    Una vez decidido el destino empieza una parte que disfruto mucho: preparar el viaje.

    Me gusta buscar información. Ver qué hay que conocer, qué se puede visitar, cómo hacerlo y qué sitios realmente merecen la pena.

    Mientras haces todo eso ya empiezas, de alguna manera, a disfrutar del viaje.

    Después viene la parte práctica: vuelos, hoteles, desplazamientos y organizar los días.

    Y hay algo que cada vez considero más importante: sacar las entradas con antelación.

    Hoy muchos lugares están tan masificados que llegar sin reserva puede significar quedarte sin entrar. Y después de haber viajado hasta allí, no poder conocer precisamente uno de los sitios que querías visitar no tiene demasiada gracia.

    Con esas visitas voy organizando los días.

    Intento hacerlo con cierta lógica. Si estamos en París, por ejemplo, procuro agrupar las visitas por zonas. No tiene sentido visitar por la mañana algo en una punta de París y dos horas después cruzar toda la ciudad para ir a otro sitio.

    Normalmente organizo más las mañanas, sobre todo cuando hay visitas con horarios. Las tardes prefiero dejarlas tranquilas, para pasear, descansar, hacer alguna compra, sentarnos en una terraza o simplemente decidir en ese momento qué nos apetece hacer.

    Me gusta llevar bien organizado lo importante y dejar margen para lo demás.

    Y entonces llega el viaje.

    Una de las primeras cosas que solemos hacer nada más llegar es tener una toma de contacto con el lugar. Salir a pasear, empezar a conocer las calles, ver el ambiente y situarnos un poco.

    Es nuestra forma de empezar a tomarle el pulso al sitio donde vamos a pasar los próximos días. Sin visitas ni horarios. Simplemente empezar a disfrutarlo.

    Por supuesto, por mucho que hayas preparado todo, siempre surge algún imprevisto.

    Un avión se retrasa. Llueve justo el día que tenías previsto estar todo el tiempo en la calle. Una visita dura más de lo que habías pensado. O simplemente las cosas no salen como estaban previstas.

    En esos casos intento adaptarme.

    Lo único que suelo mantener con bastante rigidez son las visitas para las que tenemos entradas. Muchas veces, si no estás allí a la hora prevista, pierdes la entrada y posiblemente también la oportunidad de conocer ese lugar.

    El resto se puede cambiar. Al final, un viaje necesita organización, pero también flexibilidad.

    Y después ocurre algo curioso.

    Antes de viajar pasamos mucho tiempo pensando en todos esos lugares y monumentos que queremos conocer. Algunos, cuando llegamos, son incluso mejores de lo que imaginábamos.

    Otros, en cambio, te decepcionan un poco. Quizá porque habías oído hablar tanto de ellos o habías visto tantas fotografías que esperabas demasiado.

    Pero cuando vuelvo de un viaje me doy cuenta de que muchas veces no son los monumentos lo que más recuerdo.

    Recuerdo las cosas que nos han pasado, los restaurantes donde hemos comido, alguna situación a la que hemos tenido que adaptarnos o ese imprevisto que en el momento no tuvo ninguna gracia y que después terminamos contando entre risas.

    Y, sobre todo, recuerdo los momentos vividos con las personas que me acompañan, que normalmente son mi familia.

    Al final te das cuenta de que preparas un viaje pensando en los lugares que vas a conocer y vuelves recordando los momentos que has vivido con las personas que han ido contigo.

    Y luego toca volver a casa.

    Aunque para nosotros el viaje todavía no ha terminado.

    Quedan las fotografías.

    En mi familia tenemos la costumbre de ordenarlas y hacer un libro fotográfico de nuestros viajes.

    Puede parecer algo antiguo en una época en la que llevamos miles de fotografías en el móvil, pero a mi familia le gusta.

    Y a mí también.

    Porque puedes coger uno de esos libros años después y empiezan a aparecer recuerdos que tenías casi olvidados: una calle, un restaurante, una situación o una fotografía que no recordabas.

    Y empiezas otra vez a hablar del viaje.

    Aunque normalmente hay algo que hacemos bastante antes de terminar el álbum.

    Pensar en el siguiente.

    Muchas veces basta con estar en el avión de vuelta para que aparezca la pregunta:

    Bueno, ¿y ahora dónde vamos?

    Y vuelta a empezar.

    Otra vez destinos. Otra vez fechas. Otra vez mirar sitios que tenemos pendientes.

    Y otra vez la ilusión de preparar algo nuevo.

    Por eso creo que un viaje no empieza cuando coges un avión y tampoco termina cuando vuelves a casa.

    Empieza cuando lo imaginas y continúa mucho después de haber vuelto.

    Y mientras recuerdas uno, casi siempre ya estás pensando en el siguiente.

    Porque conocer lugares nuevos es una de las cosas que más disfruto.

    Pero quizá haya algo todavía más importante:

    no perder nunca la ilusión por seguir conociéndolos.

    Emilio

  • ¿Y si la inteligencia artificial no fuera tan diferente?

    A lo largo de nuestra vida hemos visto aparecer muchas tecnologías nuevas.

    Algunas las aceptamos casi desde el primer momento. Otras nos costaron bastante más.

    Recuerdo cuando empezó a hablarse de Internet. Aquello era difícil de entender. Nos decían que desde un ordenador podríamos acceder a información que estaba en cualquier parte del mundo, comunicarnos con personas a miles de kilómetros y hacer cosas que hasta entonces parecían imposibles.

    La verdad es que sonaba un poco a ciencia ficción.

    Y, como suele ocurrir con todo lo nuevo, también había desconfianza.

    ¿Será seguro? ¿Para qué necesito yo Internet? ¿De verdad esto va a cambiar nuestras vidas?

    Visto ahora, casi hace gracia.

    Hoy utilizamos Internet para todo. Para leer el periódico, consultar el banco, comprar, reservar un hotel, hablar con nuestros hijos o simplemente mirar qué tiempo va a hacer mañana. Lo hemos incorporado a nuestra vida con tanta naturalidad que ya ni pensamos en ello.

    Después llegó el correo electrónico.

    También recuerdo el cambio que supuso en el trabajo. Poco a poco fueron desapareciendo muchas llamadas, cartas y faxes. De repente podíamos enviar un documento a cualquier lugar y llegaba prácticamente al instante.

    Nos acostumbramos bastante rápido.

    Y luego llegaron las videoconferencias.

    Ahí reconozco que me costó un poco más.

    Para mí, una reunión era sentarse alrededor de una mesa, mirar a la persona que tenías enfrente y hablar. Si además había un café de por medio, mucho mejor.

    Eso de reunirse mirando una pantalla no terminaba de convencerme.

    Hasta que empecé a verle las ventajas.

    Una videoconferencia podía evitarte coger el coche, hacer cientos de kilómetros o incluso pasar una noche fuera de casa simplemente para mantener una reunión de una hora.

    Y pensé: pues esto tiene bastante sentido.

    El problema vino después.

    Como eran tan cómodas, empezamos a utilizarlas para todo.

    Llegó un momento en el que podías pasarte el santo día enlazando una videoconferencia con otra. Una herramienta que había llegado para ahorrarnos tiempo podía terminar quitándonoslo.

    Y aquello me enseñó algo.

    El problema muchas veces no está en la tecnología, sino en cómo la utilizamos.

    Por eso, cuando apareció la inteligencia artificial y empecé a escuchar todo lo que se decía sobre ella, intenté no cometer el mismo error.

    Ni rechazarla porque fuera algo nuevo, ni pensar que iba a solucionarlo todo.

    Preferí probarla.

    Empecé por curiosidad, haciendo preguntas bastante sencillas. Después fui descubriendo que podía hacer muchas más cosas y que, cuanto mejor aprendía a utilizarla, más útil me resultaba.

    Y aquí ocurrió algo que me parece curioso.

    Ha sido la propia inteligencia artificial la que me ha enseñado a utilizar mejor la inteligencia artificial.

    Poco a poco he aprendido que esto no consiste simplemente en hacer una pregunta y aceptar lo primero que te responde.

    Hay que saber preguntar.

    Hay que explicarle bien qué quieres.

    Y, sobre todo, hay que tener criterio para valorar la respuesta.

    Porque la inteligencia artificial se equivoca.

    Y bastante más de lo que algunos pueden pensar.

    Eso también forma parte de aprender a utilizarla.

    Yo no quiero una inteligencia artificial que piense por mí. Para eso ya estoy yo.

    Lo que quiero es una herramienta que me ayude a pensar mejor.

    Que me permita contrastar una idea, buscar información, ordenar algo que tengo dando vueltas en la cabeza o entender un tema que desconozco.

    A veces estoy de acuerdo con lo que me propone.

    Otras veces no.

    Y entonces discutimos un poco.

    Curiosamente, esas conversaciones son muchas veces las que más me sirven, porque me obligan también a mí a pensar por qué estoy de acuerdo o por qué no.

    Después de utilizarla durante un tiempo he llegado a una conclusión bastante sencilla:

    La tecnología no sustituye al ser humano. Lo complementa.

    Puede ayudarnos a hacer determinadas cosas más rápido. Puede analizar información que a nosotros nos llevaría horas. Puede proponernos ideas que no se nos habían ocurrido.

    Pero el sentido común sigue siendo nuestro.

    El criterio sigue siendo nuestro.

    Y la decisión final también.

    Quizá dentro de unos años nos pase con la inteligencia artificial lo mismo que nos ocurrió con Internet.

    Dejaremos de verla como algo extraordinario.

    Simplemente estará ahí.

    La utilizaremos cuando nos resulte útil y probablemente ni siquiera pensaremos demasiado en que estamos utilizando inteligencia artificial.

    Y seguramente para entonces habrá aparecido otra tecnología nueva que volverá a desconcertarnos.

    No sé cuál será.

    Pero espero reaccionar de la misma manera.

    Intentar entenderla antes de juzgarla.

    Probarla.

    Equivocarme.

    Aprender.

    Y después decidir si me aporta algo o no.

    Porque, después de todos los cambios tecnológicos que me ha tocado vivir, hay algo que tengo cada vez más claro:

    No hay que tener miedo a la tecnología. Hay que tener miedo a dejar de querer aprender.

    Emilio

  • Cuando el tiempo vuelve a ser tuyo

    Durante 38 años mi vida estuvo marcada por reuniones, objetivos y horarios. Siempre pensando en cumplir: cumplir con el trabajo, con los clientes, con los compañeros y con las responsabilidades de cada día.

    Y un día, casi sin darme cuenta, todo eso terminó.

    Dejé de mirar el calendario. Dejé de preocuparme por los objetivos del mes siguiente. Y fue entonces cuando me di cuenta de que tenía por delante una etapa completamente nueva. Una etapa en la que el tiempo, por primera vez en muchos años, era realmente mío.

    Reconozco que al principio pensé que jubilarse era simplemente dejar de trabajar. Dormir un poco más. Viajar cuando apeteciera. Disfrutar de una comida sin mirar el reloj.

    Pero tardé muy poco en descubrir que la jubilación es mucho más que eso.

    Lo que realmente cambia no es que tengas más tiempo. Lo que cambia es que vuelves a decidir qué quieres hacer con él.

    Ya no hay reuniones, ni horarios, ni objetivos que marquen el ritmo de cada día. Ahora somos mi familia y yo quienes decidimos cómo queremos vivir nuestro tiempo. Y, aunque parezca una tontería, eso cambia muchas cosas.

    Durante años siempre había algo pendiente. Una llamada. Un informe. Una reunión. Un correo que contestar. Vivía así y, la verdad, me gustaba mi trabajo. Formaba parte de mi vida.

    Lo curioso es que muchas veces también aplazaba otras cosas. «Ya tendré tiempo», me decía.

    Y, de repente, ese tiempo llegó.

    Recuerdo mucho una frase de mi padre. Decía: «Solo se aburren los tontos.»

    Cuando era joven me parecía una exageración. Hoy la entiendo de otra manera.

    Creo que no hablaba del aburrimiento. Hablaba de la curiosidad.

    Porque, cuando uno mantiene la curiosidad, siempre encuentra algo que hacer. Siempre hay un libro esperando, un viaje por preparar, una conversación interesante, un proyecto o simplemente una oportunidad para aprender algo que ayer no sabía.

    No digo que todos los días sean apasionantes. Hay días tranquilos, incluso días aburridos. Eso también forma parte de la vida.

    Lo importante es levantarse por la mañana con la sensación de que todavía quedan cosas por descubrir.

    Por eso nunca he entendido la jubilación como el final de nada. Prefiero verla como el principio de otra etapa. Una etapa en la que ya no trabajo por obligación, sino que hago las cosas porque realmente me apetecen.

    Este blog nace precisamente por eso. No para dar lecciones a nadie. Tampoco para decir cómo hay que vivir la jubilación. Cada persona tiene su historia y su manera de entenderla.

    Simplemente quiero compartir la mía.

    Quizá alguien se vea reflejado en alguna de estas líneas.

  • Bienvenido a Desde mi rincón

    No sé muy bien cómo debería empezar un blog como este.

    Supongo que lo más sencillo es presentarme.

    Me llamo Emilio Pastor y, como mucha gente, he llegado a un momento de mi vida en el que me apetece detenerme un poco y mirar las cosas con calma.

    Durante muchos años el trabajo ocupó gran parte de mi tiempo. Ahora puedo dedicar más horas a otras cosas que siempre me han gustado: viajar, cocinar, leer, jugar al golf, descubrir nuevas tecnologías y, sobre todo, disfrutar de esos pequeños momentos que antes pasaban demasiado deprisa.

    Siempre me ha gustado hacerme preguntas.

    Intentar entender por qué pasan las cosas, escuchar opiniones distintas a la mía y sacar mis propias conclusiones.

    Por eso nació este blog.

    No pretendo dar lecciones a nadie ni convencer a quien piense diferente. Solo compartir mi forma de ver algunas cosas.

    Un día escribiré sobre una noticia que me haya llamado la atención. Otro hablaré de un viaje que me haya sorprendido. Quizá recomiende un restaurante, una serie o una receta. Y habrá ocasiones en las que simplemente necesite poner por escrito una reflexión que me ronde por la cabeza.

    Si alguna vez estás de acuerdo conmigo, estupendo.

    Y si no lo estás, también.

    Las conversaciones más interesantes casi siempre empiezan cuando dos personas ven las cosas de forma distinta y son capaces de escucharse con respeto.

    Si has llegado hasta aquí, gracias por dedicarme unos minutos.

    Si alguna vez una de estas páginas consigue hacerte pensar, sonreír, descubrir un lugar al que viajar o simplemente pasar un buen rato, este blog habrá cumplido su propósito.

    Bienvenido a mi rincón.

    — Emilio

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