Categoría: Reflexiones

  • La solidaridad no es un cheque en blanco

    La solidaridad no es un cheque en blanco

    Hace unos días leí una noticia que me hizo volver sobre una cuestión a la que llevo tiempo dando vueltas: el funcionamiento de determinadas ONG y el control del dinero que reciben.

    La Guardia Civil había realizado registros y detenciones en Ceuta dentro de una investigación sobre la presunta entrega de material peligroso a inmigrantes para enfrentarse a las fuerzas de seguridad. Algunas organizaciones humanitarias aparecían relacionadas con la investigación.

    No sé cómo terminará el asunto. Será la Justicia quien determine lo ocurrido, pero reconozco que estas noticias me hacen desconfiar.

    Y no porque esté en contra de las ONG. Sé que muchas realizan un trabajo extraordinario. Lo que me cuesta entender es por qué parece que basta con llevar esas siglas para que demos por hecho que todo se hace correctamente.

    Antecedentes hay. El expresidente de Anesvad fue condenado a seis años de prisión por apropiarse de más de siete millones de euros. Más recientemente, el de DYA Bizkaia recibió una condena por desviar cerca de tres millones.

    Son casos que dañan la confianza de quienes colaboran con estas organizaciones y, sobre todo, perjudican a las que trabajan honestamente.

    Pero hay otra cuestión que me preocupa incluso más: el dinero público.

    Cuando hablamos de miles de millones

    Según publicó The Objective, en 2024 las administraciones concedieron 19.325 millones de euros en subvenciones a grandes beneficiarios, entre ellos organismos públicos, asociaciones, fundaciones y ONG. De esa cantidad, unos 4.707 millones correspondieron al grupo de asociaciones y ONG, que incluye entidades de naturaleza muy diferente.

    Para ponerlo en perspectiva, ese mismo año España gastó unos 101.700 millones en sanidad pública y 71.300 millones en educación. Son conceptos diferentes y no directamente comparables, pero permiten hacerse una idea de las cantidades que manejamos.

    No estoy diciendo que ese dinero se utilice mal. Me pregunto si conocemos suficientemente bien a quién se concede, cómo se controla y qué resultados se obtienen.

    Porque mecanismos de control existen. Otra cosa es que siempre resulten eficaces.

    ¿Y nuestras prioridades?

    En 2025, España destinó más de 4.550 millones de euros a ayuda oficial al desarrollo. No todo ese dinero se envía directamente al extranjero y una parte responde a compromisos internacionales.

    No cuestiono la ayuda ante catástrofes, guerras o situaciones de extrema pobreza. Pero cuando veo subvenciones para determinadas campañas de sensibilización, actividades culturales o talleres en otros países, me pregunto si todas están realmente justificadas.

    Y entonces pienso en lo que tenemos aquí.

    En las personas que esperan una ayuda a la dependencia, en las familias con enfermos de ELA que necesitan asistencia continua o en quienes llevan meses aguardando una intervención médica.

    ¿Estamos estableciendo correctamente nuestras prioridades?

    Seguramente muchos de esos proyectos internacionales son necesarios, y no todo ese presupuesto podría destinarse automáticamente a otros fines. Pero creo que tenemos derecho a preguntarnos si algunas de esas cantidades no estarían mejor empleadas atendiendo necesidades que tenemos mucho más cerca.

    Los controles también deberían funcionar

    Y no es un problema exclusivo de las ONG.

    Precisamente esta semana hemos conocido que el Tribunal Supremo ha confirmado que UGT Andalucía debe devolver 18,3 millones de euros a la Junta por subvenciones destinadas a cursos de formación. La cantidad incluye intereses y el asunto se remonta a hace casi veinte años.

    No se trata de una condena penal por apropiación de dinero, sino de gastos que los tribunales han considerado no subvencionables.

    Pero hay algo que me resulta difícil de entender: ¿cómo puede tardarse tanto tiempo en resolver definitivamente una cuestión relacionada con la utilización de fondos públicos?

    Las ONG, los sindicatos y otras organizaciones cumplen funciones diferentes, pero cuando reciben subvenciones deberían responder con el mismo rigor ante quienes las financiamos.

    Ayudar, sí. Pero con criterio

    A veces parece que cuestionar una subvención significa estar en contra de la causa que pretende defender. Y no lo veo así.

    Se puede defender la solidaridad, reconocer el trabajo de miles de voluntarios y, al mismo tiempo, exigir que el dinero público se utilice correctamente.

    No creo que debamos eliminar las subvenciones ni dejar de ayudar fuera de nuestras fronteras. Pero sí deberíamos ser más exigentes al decidir qué proyectos financiamos, qué resultados esperamos y qué necesidades dejamos sin atender.

    Porque el dinero público es limitado y las necesidades son muchas.

    Y cuando veo las dificultades que siguen afrontando tantas familias en nuestro país, no puedo evitar hacerme una pregunta:

    ¿Estamos seguros de que siempre gastamos el dinero donde más falta hace?

    Fuentes: El Español (22/10/2026), The Objective (18/06/2025), Ministerio de Sanidad, Ministerio de Educación, Ministerio de Asuntos Exteriores, Agencia EFE (20/10/2026), RTVE y Europa Press.

  • Cuando la ciencia sale del laboratorio y llega al titular

    Cuando la ciencia sale del laboratorio y llega al titular

    Cada cierto tiempo aparece uno de esos titulares que inevitablemente llaman la atención: una vacuna contra el melanoma, un nuevo medicamento contra el Alzheimer, una nueva generación de fármacos para combatir la obesidad…

    Son buenas noticias. Avances científicos importantes que merece la pena conocer.

    El problema empieza cuando una información que nace en un laboratorio, se presenta en un congreso médico o se publica en una revista científica termina convertida en una noticia dirigida al público general.

    Porque por el camino se pierden matices. Y, en medicina, esos matices pueden ser muy importantes.

    Pensemos, por ejemplo, en la llamada «vacuna contra el melanoma» desarrollada por Moderna y MSD. Los últimos resultados son prometedores y el ensayo en fase III ha alcanzado sus objetivos principales.

    Pero ¿qué entiende la mayoría de la gente cuando lee «vacuna contra el melanoma»?

    Probablemente algo muy sencillo: me pongo una vacuna y evito desarrollar un melanoma.

    Y no estamos hablando de eso.

    Se trata de una vacuna terapéutica personalizada, desarrollada a partir de las características del tumor de cada paciente y estudiada, junto con pembrolizumab, para reducir el riesgo de que el melanoma vuelva después de haber sido extirpado.

    La diferencia no es pequeña.

    El término «vacuna» puede ser científicamente correcto, pero cuando sale del ámbito médico necesita una explicación. Un especialista sabe interpretarlo. El lector de un periódico no tiene por qué hacerlo.

    Y esto no ocurre únicamente con el cáncer.

    Lo estamos viendo continuamente con los medicamentos contra la obesidad. En muy poco tiempo hemos pasado de hablar de tratamientos utilizados principalmente para la diabetes a encontrarnos casi cada semana con noticias sobre las «inyecciones para adelgazar», nuevos GLP-1, formulaciones orales o moléculas que prometen mejores resultados.

    Algunos de estos medicamentos están cambiando la forma de abordar la obesidad. Pero para quien simplemente sigue las noticias no siempre resulta fácil distinguir qué está ya disponible, qué acaba de ser aprobado, qué busca una nueva indicación y qué continúa todavía en investigación.

    Con el Alzheimer ocurre algo parecido, aunque quizá sea todavía más delicado.

    Después de décadas con pocas novedades terapéuticas, cualquier avance genera una enorme esperanza. Es comprensible.

    El caso de donanemab muestra, además, que el camino de un medicamento no siempre es una línea recta. Recibió inicialmente una opinión negativa de la Agencia Europea del Medicamento y, tras una nueva evaluación, terminó siendo autorizado en Europa para un grupo determinado de pacientes con Alzheimer temprano.

    Eso no significa que alguien se equivocara primero y acertara después. Es parte del proceso: valorar no solo si un medicamento funciona, sino si sus beneficios compensan sus riesgos y en qué pacientes tiene sentido utilizarlo.

    El problema vuelve a ser cómo contamos todo esto.

    «Nuevo medicamento contra el Alzheimer» cabe perfectamente en un titular.

    Explicar para quién está indicado, qué beneficio aporta, qué riesgos tiene y cuándo estará realmente disponible necesita bastante más espacio.

    Y todavía queda algo que conozco bien después de muchos años trabajando en la industria farmacéutica: los tiempos.

    Entre descubrir una molécula y poder recetarla pueden pasar años. Por el camino hay ensayos clínicos, resultados que confirmar, evaluaciones y autorizaciones. Y muchos de los candidatos que comienzan ese recorrido nunca llegan al final.

    Pero incluso conseguir la autorización no significa que el medicamento esté disponible inmediatamente.

    En España todavía queda establecer su precio y decidir su financiación por el sistema público. Según los últimos datos disponibles, transcurren de media 537 días entre la autorización europea y la financiación de un nuevo medicamento en España.

    Casi otro año y medio.

    Por eso entiendo perfectamente que alguien pueda preguntarse:

    «Si llevo dos años leyendo que este medicamento funciona, ¿por qué mi médico todavía no puede recetármelo?»

    Porque una cosa es descubrir un posible tratamiento. Otra demostrar que funciona. Otra conseguir su aprobación. Y otra, finalmente, que llegue al paciente.

    La noticia suele llegar mucho antes.

    No creo que se trate de culpar a los periodistas. Sería demasiado sencillo.

    Antes de llegar a nosotros, una información científica puede haber pasado por investigadores, universidades, compañías farmacéuticas, gabinetes de comunicación, congresos, agencias de noticias y medios.

    En cada paso se intenta hacer comprensible algo que muchas veces es extraordinariamente complejo. El riesgo aparece cuando, para hacerlo sencillo, eliminamos demasiado contexto.

    Una «terapia individualizada de neoantígenos basada en ARNm» termina siendo una «vacuna contra el melanoma». Un resultado positivo de un ensayo acaba convertido en un «nuevo tratamiento contra el Alzheimer». Y una molécula que todavía está siendo investigada puede parecernos algo que nuestro médico podrá recetarnos mañana.

    En salud, además, hay algo que no deberíamos olvidar.

    No todo el mundo lee estas noticias por curiosidad.

    Detrás de ese titular puede haber una persona recién diagnosticada, alguien esperando una alternativa terapéutica o una familia buscando cualquier novedad sobre una enfermedad para la que existen pocas opciones.

    Para ellos, palabras como «revolucionario», «nuevo tratamiento» o «vacuna» no son palabras cualquiera.

    Por eso informar sobre un avance médico no debería consistir únicamente en contar lo que se ha conseguido. También habría que explicar cuánto camino queda por recorrer.

    Sin quitar importancia al descubrimiento. Sin rebajar la esperanza. Simplemente poniéndola en su contexto.

    Porque cuando hablamos de ciencia y de salud quizá deberíamos recordar una regla bastante sencilla:

    Cuanto menos especializado es el lector, más contexto necesita la noticia, no menos.

  • Una mala vuelta, un mal día de ventas

    Una mala vuelta, un mal día de ventas

    Hay días de golf en los que uno piensa que podría haberse quedado en casa. Sales con ganas, pero las bolas se empeñan en ir a cualquier sitio menos al que tú querías.

    Hasta que haces un buen golpe. Uno solo. La bola sale bien y te quedas mirándola como si los anteriores no hubieran sido cosa tuya.

    «Si es que hacerlo, sé hacerlo».

    Y ya tienes ganas de volver.

    Después de tantos años dedicado a la venta, creo que nos pasa algo parecido. Hay días en los que no encuentras al cliente, una oferta se queda parada y la operación que parecía segura resulta que no lo era tanto. Te subes al coche pensando: «Vaya día. No ha habido manera».

    Pero llega una llamada o una conversación en la que, por fin, entiendes qué necesita el cliente. Todavía no has vendido, pero ya sabes por dónde seguir. Y te vas a casa de otra manera.

    Es ese golpe bueno que te devuelve las ganas.

    El problema viene cuando das dos buenos seguidos.

    Entonces te vienes arriba. Ves un árbol por medio y, en lugar de jugar por donde cabe la bola, decides que hoy puedes pasarla por encima.

    «Esto lo paso yo».

    Y no lo pasas.

    El campo tiene una facilidad estupenda para ponerte en tu sitio.

    En ventas también ocurre. Encadenas unas cuantas operaciones y empiezas a pensar que lo tienes dominado. Preparas menos la visita porque conoces al cliente de sobra. Apenas terminas de escucharle porque crees que ya sabes lo que va a decir.

    Y llega un «no» que te deja descolocado.

    Pero si estaba hecho…

    Bueno, hecho lo habías dado tú.

    Cuando lo repasas con calma, descubres que te faltó preguntar algo o que el cliente llevaba un rato intentando decirte una cosa y tú seguías a lo tuyo.

    La confianza hace falta, claro. Pero hay días en los que nos sobra un poquito. Y casi nunca necesitábamos hacer el golpe de nuestra vida: bastaba con dejar la bola en la calle. O con escuchar al cliente hasta el final.

    Aun así, volvemos. Porque nos gusta jugar y porque vender también tiene sus satisfacciones. Una buena conversación, una solución que encaja, una operación que sale después de trabajarla.

    No todo se arregla poniendo ganas. A veces toca cambiar el planteamiento y otras aceptar que esa venta no va a salir. Pero un mal día tampoco borra lo que sabemos hacer.

    Al final terminamos la vuelta, repasamos los golpes que podríamos habernos ahorrado y decimos que hoy no estábamos para nada.

    Hasta que alguien pregunta:

    —Bueno, ¿cuándo volvemos?

    Y resulta que nos viene bien el jueves.

  • Cuando el tiempo vuelve a ser tuyo

    Durante 38 años mi vida estuvo marcada por reuniones, objetivos y horarios. Siempre pensando en cumplir: cumplir con el trabajo, con los clientes, con los compañeros y con las responsabilidades de cada día.

    Y un día, casi sin darme cuenta, todo eso terminó.

    Dejé de mirar el calendario. Dejé de preocuparme por los objetivos del mes siguiente. Y fue entonces cuando me di cuenta de que tenía por delante una etapa completamente nueva. Una etapa en la que el tiempo, por primera vez en muchos años, era realmente mío.

    Reconozco que al principio pensé que jubilarse era simplemente dejar de trabajar. Dormir un poco más. Viajar cuando apeteciera. Disfrutar de una comida sin mirar el reloj.

    Pero tardé muy poco en descubrir que la jubilación es mucho más que eso.

    Lo que realmente cambia no es que tengas más tiempo. Lo que cambia es que vuelves a decidir qué quieres hacer con él.

    Ya no hay reuniones, ni horarios, ni objetivos que marquen el ritmo de cada día. Ahora somos mi familia y yo quienes decidimos cómo queremos vivir nuestro tiempo. Y, aunque parezca una tontería, eso cambia muchas cosas.

    Durante años siempre había algo pendiente. Una llamada. Un informe. Una reunión. Un correo que contestar. Vivía así y, la verdad, me gustaba mi trabajo. Formaba parte de mi vida.

    Lo curioso es que muchas veces también aplazaba otras cosas. «Ya tendré tiempo», me decía.

    Y, de repente, ese tiempo llegó.

    Recuerdo mucho una frase de mi padre. Decía: «Solo se aburren los tontos.»

    Cuando era joven me parecía una exageración. Hoy la entiendo de otra manera.

    Creo que no hablaba del aburrimiento. Hablaba de la curiosidad.

    Porque, cuando uno mantiene la curiosidad, siempre encuentra algo que hacer. Siempre hay un libro esperando, un viaje por preparar, una conversación interesante, un proyecto o simplemente una oportunidad para aprender algo que ayer no sabía.

    No digo que todos los días sean apasionantes. Hay días tranquilos, incluso días aburridos. Eso también forma parte de la vida.

    Lo importante es levantarse por la mañana con la sensación de que todavía quedan cosas por descubrir.

    Por eso nunca he entendido la jubilación como el final de nada. Prefiero verla como el principio de otra etapa. Una etapa en la que ya no trabajo por obligación, sino que hago las cosas porque realmente me apetecen.

    Este blog nace precisamente por eso. No para dar lecciones a nadie. Tampoco para decir cómo hay que vivir la jubilación. Cada persona tiene su historia y su manera de entenderla.

    Simplemente quiero compartir la mía.

    Quizá alguien se vea reflejado en alguna de estas líneas.