Cada cierto tiempo aparece uno de esos titulares que inevitablemente llaman la atención: una vacuna contra el melanoma, un nuevo medicamento contra el Alzheimer, una nueva generación de fármacos para combatir la obesidad…
Son buenas noticias. Avances científicos importantes que merece la pena conocer.
El problema empieza cuando una información que nace en un laboratorio, se presenta en un congreso médico o se publica en una revista científica termina convertida en una noticia dirigida al público general.
Porque por el camino se pierden matices. Y, en medicina, esos matices pueden ser muy importantes.
Pensemos, por ejemplo, en la llamada «vacuna contra el melanoma» desarrollada por Moderna y MSD. Los últimos resultados son prometedores y el ensayo en fase III ha alcanzado sus objetivos principales.
Pero ¿qué entiende la mayoría de la gente cuando lee «vacuna contra el melanoma»?
Probablemente algo muy sencillo: me pongo una vacuna y evito desarrollar un melanoma.
Y no estamos hablando de eso.
Se trata de una vacuna terapéutica personalizada, desarrollada a partir de las características del tumor de cada paciente y estudiada, junto con pembrolizumab, para reducir el riesgo de que el melanoma vuelva después de haber sido extirpado.
La diferencia no es pequeña.
El término «vacuna» puede ser científicamente correcto, pero cuando sale del ámbito médico necesita una explicación. Un especialista sabe interpretarlo. El lector de un periódico no tiene por qué hacerlo.
Y esto no ocurre únicamente con el cáncer.
Lo estamos viendo continuamente con los medicamentos contra la obesidad. En muy poco tiempo hemos pasado de hablar de tratamientos utilizados principalmente para la diabetes a encontrarnos casi cada semana con noticias sobre las «inyecciones para adelgazar», nuevos GLP-1, formulaciones orales o moléculas que prometen mejores resultados.
Algunos de estos medicamentos están cambiando la forma de abordar la obesidad. Pero para quien simplemente sigue las noticias no siempre resulta fácil distinguir qué está ya disponible, qué acaba de ser aprobado, qué busca una nueva indicación y qué continúa todavía en investigación.
Con el Alzheimer ocurre algo parecido, aunque quizá sea todavía más delicado.
Después de décadas con pocas novedades terapéuticas, cualquier avance genera una enorme esperanza. Es comprensible.
El caso de donanemab muestra, además, que el camino de un medicamento no siempre es una línea recta. Recibió inicialmente una opinión negativa de la Agencia Europea del Medicamento y, tras una nueva evaluación, terminó siendo autorizado en Europa para un grupo determinado de pacientes con Alzheimer temprano.
Eso no significa que alguien se equivocara primero y acertara después. Es parte del proceso: valorar no solo si un medicamento funciona, sino si sus beneficios compensan sus riesgos y en qué pacientes tiene sentido utilizarlo.
El problema vuelve a ser cómo contamos todo esto.
«Nuevo medicamento contra el Alzheimer» cabe perfectamente en un titular.
Explicar para quién está indicado, qué beneficio aporta, qué riesgos tiene y cuándo estará realmente disponible necesita bastante más espacio.
Y todavía queda algo que conozco bien después de muchos años trabajando en la industria farmacéutica: los tiempos.
Entre descubrir una molécula y poder recetarla pueden pasar años. Por el camino hay ensayos clínicos, resultados que confirmar, evaluaciones y autorizaciones. Y muchos de los candidatos que comienzan ese recorrido nunca llegan al final.
Pero incluso conseguir la autorización no significa que el medicamento esté disponible inmediatamente.
En España todavía queda establecer su precio y decidir su financiación por el sistema público. Según los últimos datos disponibles, transcurren de media 537 días entre la autorización europea y la financiación de un nuevo medicamento en España.
Casi otro año y medio.
Por eso entiendo perfectamente que alguien pueda preguntarse:
«Si llevo dos años leyendo que este medicamento funciona, ¿por qué mi médico todavía no puede recetármelo?»
Porque una cosa es descubrir un posible tratamiento. Otra demostrar que funciona. Otra conseguir su aprobación. Y otra, finalmente, que llegue al paciente.
La noticia suele llegar mucho antes.
No creo que se trate de culpar a los periodistas. Sería demasiado sencillo.
Antes de llegar a nosotros, una información científica puede haber pasado por investigadores, universidades, compañías farmacéuticas, gabinetes de comunicación, congresos, agencias de noticias y medios.
En cada paso se intenta hacer comprensible algo que muchas veces es extraordinariamente complejo. El riesgo aparece cuando, para hacerlo sencillo, eliminamos demasiado contexto.
Una «terapia individualizada de neoantígenos basada en ARNm» termina siendo una «vacuna contra el melanoma». Un resultado positivo de un ensayo acaba convertido en un «nuevo tratamiento contra el Alzheimer». Y una molécula que todavía está siendo investigada puede parecernos algo que nuestro médico podrá recetarnos mañana.
En salud, además, hay algo que no deberíamos olvidar.
No todo el mundo lee estas noticias por curiosidad.
Detrás de ese titular puede haber una persona recién diagnosticada, alguien esperando una alternativa terapéutica o una familia buscando cualquier novedad sobre una enfermedad para la que existen pocas opciones.
Para ellos, palabras como «revolucionario», «nuevo tratamiento» o «vacuna» no son palabras cualquiera.
Por eso informar sobre un avance médico no debería consistir únicamente en contar lo que se ha conseguido. También habría que explicar cuánto camino queda por recorrer.
Sin quitar importancia al descubrimiento. Sin rebajar la esperanza. Simplemente poniéndola en su contexto.
Porque cuando hablamos de ciencia y de salud quizá deberíamos recordar una regla bastante sencilla:
Cuanto menos especializado es el lector, más contexto necesita la noticia, no menos.

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