Autor: emiliopastorguevara

  • Un viaje empieza mucho antes de salir de casa

    Un viaje empieza mucho antes de salir de casa

    Siempre me ha gustado viajar. Y con el tiempo he descubierto que disfruto de los viajes mucho antes de hacer la maleta.

    Para mí empiezan con una pregunta muy sencilla:

    ¿Dónde vamos esta vez?

    Y la respuesta no suele ser tan sencilla.

    Hay tantos sitios que queremos conocer que muchas veces no sabemos cuál elegir. Al final hay que decidir en función del presupuesto, la época del año, los días disponibles, el clima y, por supuesto, las ganas que tengamos de conocer un sitio u otro.

    Una vez decidido el destino empieza una parte que disfruto mucho: preparar el viaje.

    Me gusta buscar información. Ver qué hay que conocer, qué se puede visitar, cómo hacerlo y qué sitios realmente merecen la pena.

    Mientras haces todo eso ya empiezas, de alguna manera, a disfrutar del viaje.

    Después viene la parte práctica: vuelos, hoteles, desplazamientos y organizar los días.

    Y hay algo que cada vez considero más importante: sacar las entradas con antelación.

    Hoy muchos lugares están tan masificados que llegar sin reserva puede significar quedarte sin entrar. Y después de haber viajado hasta allí, no poder conocer precisamente uno de los sitios que querías visitar no tiene demasiada gracia.

    Con esas visitas voy organizando los días.

    Intento hacerlo con cierta lógica. Si estamos en París, por ejemplo, procuro agrupar las visitas por zonas. No tiene sentido visitar por la mañana algo en una punta de París y dos horas después cruzar toda la ciudad para ir a otro sitio.

    Normalmente organizo más las mañanas, sobre todo cuando hay visitas con horarios. Las tardes prefiero dejarlas tranquilas, para pasear, descansar, hacer alguna compra, sentarnos en una terraza o simplemente decidir en ese momento qué nos apetece hacer.

    Me gusta llevar bien organizado lo importante y dejar margen para lo demás.

    Y entonces llega el viaje.

    Una de las primeras cosas que solemos hacer nada más llegar es tener una toma de contacto con el lugar. Salir a pasear, empezar a conocer las calles, ver el ambiente y situarnos un poco.

    Es nuestra forma de empezar a tomarle el pulso al sitio donde vamos a pasar los próximos días. Sin visitas ni horarios. Simplemente empezar a disfrutarlo.

    Por supuesto, por mucho que hayas preparado todo, siempre surge algún imprevisto.

    Un avión se retrasa. Llueve justo el día que tenías previsto estar todo el tiempo en la calle. Una visita dura más de lo que habías pensado. O simplemente las cosas no salen como estaban previstas.

    En esos casos intento adaptarme.

    Lo único que suelo mantener con bastante rigidez son las visitas para las que tenemos entradas. Muchas veces, si no estás allí a la hora prevista, pierdes la entrada y posiblemente también la oportunidad de conocer ese lugar.

    El resto se puede cambiar. Al final, un viaje necesita organización, pero también flexibilidad.

    Y después ocurre algo curioso.

    Antes de viajar pasamos mucho tiempo pensando en todos esos lugares y monumentos que queremos conocer. Algunos, cuando llegamos, son incluso mejores de lo que imaginábamos.

    Otros, en cambio, te decepcionan un poco. Quizá porque habías oído hablar tanto de ellos o habías visto tantas fotografías que esperabas demasiado.

    Pero cuando vuelvo de un viaje me doy cuenta de que muchas veces no son los monumentos lo que más recuerdo.

    Recuerdo las cosas que nos han pasado, los restaurantes donde hemos comido, alguna situación a la que hemos tenido que adaptarnos o ese imprevisto que en el momento no tuvo ninguna gracia y que después terminamos contando entre risas.

    Y, sobre todo, recuerdo los momentos vividos con las personas que me acompañan, que normalmente son mi familia.

    Al final te das cuenta de que preparas un viaje pensando en los lugares que vas a conocer y vuelves recordando los momentos que has vivido con las personas que han ido contigo.

    Y luego toca volver a casa.

    Aunque para nosotros el viaje todavía no ha terminado.

    Quedan las fotografías.

    En mi familia tenemos la costumbre de ordenarlas y hacer un libro fotográfico de nuestros viajes.

    Puede parecer algo antiguo en una época en la que llevamos miles de fotografías en el móvil, pero a mi familia le gusta.

    Y a mí también.

    Porque puedes coger uno de esos libros años después y empiezan a aparecer recuerdos que tenías casi olvidados: una calle, un restaurante, una situación o una fotografía que no recordabas.

    Y empiezas otra vez a hablar del viaje.

    Aunque normalmente hay algo que hacemos bastante antes de terminar el álbum.

    Pensar en el siguiente.

    Muchas veces basta con estar en el avión de vuelta para que aparezca la pregunta:

    Bueno, ¿y ahora dónde vamos?

    Y vuelta a empezar.

    Otra vez destinos. Otra vez fechas. Otra vez mirar sitios que tenemos pendientes.

    Y otra vez la ilusión de preparar algo nuevo.

    Por eso creo que un viaje no empieza cuando coges un avión y tampoco termina cuando vuelves a casa.

    Empieza cuando lo imaginas y continúa mucho después de haber vuelto.

    Y mientras recuerdas uno, casi siempre ya estás pensando en el siguiente.

    Porque conocer lugares nuevos es una de las cosas que más disfruto.

    Pero quizá haya algo todavía más importante:

    no perder nunca la ilusión por seguir conociéndolos.

    Emilio

  • ¿Y si la inteligencia artificial no fuera tan diferente?

    A lo largo de nuestra vida hemos visto aparecer muchas tecnologías nuevas.

    Algunas las aceptamos casi desde el primer momento. Otras nos costaron bastante más.

    Recuerdo cuando empezó a hablarse de Internet. Aquello era difícil de entender. Nos decían que desde un ordenador podríamos acceder a información que estaba en cualquier parte del mundo, comunicarnos con personas a miles de kilómetros y hacer cosas que hasta entonces parecían imposibles.

    La verdad es que sonaba un poco a ciencia ficción.

    Y, como suele ocurrir con todo lo nuevo, también había desconfianza.

    ¿Será seguro? ¿Para qué necesito yo Internet? ¿De verdad esto va a cambiar nuestras vidas?

    Visto ahora, casi hace gracia.

    Hoy utilizamos Internet para todo. Para leer el periódico, consultar el banco, comprar, reservar un hotel, hablar con nuestros hijos o simplemente mirar qué tiempo va a hacer mañana. Lo hemos incorporado a nuestra vida con tanta naturalidad que ya ni pensamos en ello.

    Después llegó el correo electrónico.

    También recuerdo el cambio que supuso en el trabajo. Poco a poco fueron desapareciendo muchas llamadas, cartas y faxes. De repente podíamos enviar un documento a cualquier lugar y llegaba prácticamente al instante.

    Nos acostumbramos bastante rápido.

    Y luego llegaron las videoconferencias.

    Ahí reconozco que me costó un poco más.

    Para mí, una reunión era sentarse alrededor de una mesa, mirar a la persona que tenías enfrente y hablar. Si además había un café de por medio, mucho mejor.

    Eso de reunirse mirando una pantalla no terminaba de convencerme.

    Hasta que empecé a verle las ventajas.

    Una videoconferencia podía evitarte coger el coche, hacer cientos de kilómetros o incluso pasar una noche fuera de casa simplemente para mantener una reunión de una hora.

    Y pensé: pues esto tiene bastante sentido.

    El problema vino después.

    Como eran tan cómodas, empezamos a utilizarlas para todo.

    Llegó un momento en el que podías pasarte el santo día enlazando una videoconferencia con otra. Una herramienta que había llegado para ahorrarnos tiempo podía terminar quitándonoslo.

    Y aquello me enseñó algo.

    El problema muchas veces no está en la tecnología, sino en cómo la utilizamos.

    Por eso, cuando apareció la inteligencia artificial y empecé a escuchar todo lo que se decía sobre ella, intenté no cometer el mismo error.

    Ni rechazarla porque fuera algo nuevo, ni pensar que iba a solucionarlo todo.

    Preferí probarla.

    Empecé por curiosidad, haciendo preguntas bastante sencillas. Después fui descubriendo que podía hacer muchas más cosas y que, cuanto mejor aprendía a utilizarla, más útil me resultaba.

    Y aquí ocurrió algo que me parece curioso.

    Ha sido la propia inteligencia artificial la que me ha enseñado a utilizar mejor la inteligencia artificial.

    Poco a poco he aprendido que esto no consiste simplemente en hacer una pregunta y aceptar lo primero que te responde.

    Hay que saber preguntar.

    Hay que explicarle bien qué quieres.

    Y, sobre todo, hay que tener criterio para valorar la respuesta.

    Porque la inteligencia artificial se equivoca.

    Y bastante más de lo que algunos pueden pensar.

    Eso también forma parte de aprender a utilizarla.

    Yo no quiero una inteligencia artificial que piense por mí. Para eso ya estoy yo.

    Lo que quiero es una herramienta que me ayude a pensar mejor.

    Que me permita contrastar una idea, buscar información, ordenar algo que tengo dando vueltas en la cabeza o entender un tema que desconozco.

    A veces estoy de acuerdo con lo que me propone.

    Otras veces no.

    Y entonces discutimos un poco.

    Curiosamente, esas conversaciones son muchas veces las que más me sirven, porque me obligan también a mí a pensar por qué estoy de acuerdo o por qué no.

    Después de utilizarla durante un tiempo he llegado a una conclusión bastante sencilla:

    La tecnología no sustituye al ser humano. Lo complementa.

    Puede ayudarnos a hacer determinadas cosas más rápido. Puede analizar información que a nosotros nos llevaría horas. Puede proponernos ideas que no se nos habían ocurrido.

    Pero el sentido común sigue siendo nuestro.

    El criterio sigue siendo nuestro.

    Y la decisión final también.

    Quizá dentro de unos años nos pase con la inteligencia artificial lo mismo que nos ocurrió con Internet.

    Dejaremos de verla como algo extraordinario.

    Simplemente estará ahí.

    La utilizaremos cuando nos resulte útil y probablemente ni siquiera pensaremos demasiado en que estamos utilizando inteligencia artificial.

    Y seguramente para entonces habrá aparecido otra tecnología nueva que volverá a desconcertarnos.

    No sé cuál será.

    Pero espero reaccionar de la misma manera.

    Intentar entenderla antes de juzgarla.

    Probarla.

    Equivocarme.

    Aprender.

    Y después decidir si me aporta algo o no.

    Porque, después de todos los cambios tecnológicos que me ha tocado vivir, hay algo que tengo cada vez más claro:

    No hay que tener miedo a la tecnología. Hay que tener miedo a dejar de querer aprender.

    Emilio

  • Cuando el tiempo vuelve a ser tuyo

    Durante 38 años mi vida estuvo marcada por reuniones, objetivos y horarios. Siempre pensando en cumplir: cumplir con el trabajo, con los clientes, con los compañeros y con las responsabilidades de cada día.

    Y un día, casi sin darme cuenta, todo eso terminó.

    Dejé de mirar el calendario. Dejé de preocuparme por los objetivos del mes siguiente. Y fue entonces cuando me di cuenta de que tenía por delante una etapa completamente nueva. Una etapa en la que el tiempo, por primera vez en muchos años, era realmente mío.

    Reconozco que al principio pensé que jubilarse era simplemente dejar de trabajar. Dormir un poco más. Viajar cuando apeteciera. Disfrutar de una comida sin mirar el reloj.

    Pero tardé muy poco en descubrir que la jubilación es mucho más que eso.

    Lo que realmente cambia no es que tengas más tiempo. Lo que cambia es que vuelves a decidir qué quieres hacer con él.

    Ya no hay reuniones, ni horarios, ni objetivos que marquen el ritmo de cada día. Ahora somos mi familia y yo quienes decidimos cómo queremos vivir nuestro tiempo. Y, aunque parezca una tontería, eso cambia muchas cosas.

    Durante años siempre había algo pendiente. Una llamada. Un informe. Una reunión. Un correo que contestar. Vivía así y, la verdad, me gustaba mi trabajo. Formaba parte de mi vida.

    Lo curioso es que muchas veces también aplazaba otras cosas. «Ya tendré tiempo», me decía.

    Y, de repente, ese tiempo llegó.

    Recuerdo mucho una frase de mi padre. Decía: «Solo se aburren los tontos.»

    Cuando era joven me parecía una exageración. Hoy la entiendo de otra manera.

    Creo que no hablaba del aburrimiento. Hablaba de la curiosidad.

    Porque, cuando uno mantiene la curiosidad, siempre encuentra algo que hacer. Siempre hay un libro esperando, un viaje por preparar, una conversación interesante, un proyecto o simplemente una oportunidad para aprender algo que ayer no sabía.

    No digo que todos los días sean apasionantes. Hay días tranquilos, incluso días aburridos. Eso también forma parte de la vida.

    Lo importante es levantarse por la mañana con la sensación de que todavía quedan cosas por descubrir.

    Por eso nunca he entendido la jubilación como el final de nada. Prefiero verla como el principio de otra etapa. Una etapa en la que ya no trabajo por obligación, sino que hago las cosas porque realmente me apetecen.

    Este blog nace precisamente por eso. No para dar lecciones a nadie. Tampoco para decir cómo hay que vivir la jubilación. Cada persona tiene su historia y su manera de entenderla.

    Simplemente quiero compartir la mía.

    Quizá alguien se vea reflejado en alguna de estas líneas.

  • Bienvenido a Desde mi rincón

    No sé muy bien cómo debería empezar un blog como este.

    Supongo que lo más sencillo es presentarme.

    Me llamo Emilio Pastor y, como mucha gente, he llegado a un momento de mi vida en el que me apetece detenerme un poco y mirar las cosas con calma.

    Durante muchos años el trabajo ocupó gran parte de mi tiempo. Ahora puedo dedicar más horas a otras cosas que siempre me han gustado: viajar, cocinar, leer, jugar al golf, descubrir nuevas tecnologías y, sobre todo, disfrutar de esos pequeños momentos que antes pasaban demasiado deprisa.

    Siempre me ha gustado hacerme preguntas.

    Intentar entender por qué pasan las cosas, escuchar opiniones distintas a la mía y sacar mis propias conclusiones.

    Por eso nació este blog.

    No pretendo dar lecciones a nadie ni convencer a quien piense diferente. Solo compartir mi forma de ver algunas cosas.

    Un día escribiré sobre una noticia que me haya llamado la atención. Otro hablaré de un viaje que me haya sorprendido. Quizá recomiende un restaurante, una serie o una receta. Y habrá ocasiones en las que simplemente necesite poner por escrito una reflexión que me ronde por la cabeza.

    Si alguna vez estás de acuerdo conmigo, estupendo.

    Y si no lo estás, también.

    Las conversaciones más interesantes casi siempre empiezan cuando dos personas ven las cosas de forma distinta y son capaces de escucharse con respeto.

    Si has llegado hasta aquí, gracias por dedicarme unos minutos.

    Si alguna vez una de estas páginas consigue hacerte pensar, sonreír, descubrir un lugar al que viajar o simplemente pasar un buen rato, este blog habrá cumplido su propósito.

    Bienvenido a mi rincón.

    — Emilio