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  • De una conversación a un libro

    De una conversación a un libro

    Hace unos meses empecé a hacer preguntas a la inteligencia artificial por pura curiosidad. La usaba cada vez más, pero había cosas que no terminaba de entender: por qué a veces acertaba tanto, por qué otras se equivocaba con tanta seguridad y cómo podía sacarle partido en mi día a día.

    Fui preguntando, probando y volviendo sobre lo que no me quedaba claro. Aquellas conversaciones empezaron a parecerse a las que podrías tener con alguien delante de un café: «Explícame esto de otra manera», «ponme un ejemplo» o «espera, que aquí no estoy de acuerdo».

    Un día se me ocurrió reunirlas. Primero fueron unas pocas; al final, treinta cafés sobre cómo entender la IA y aprender a utilizarla sin necesidad de saber informática. Cuando los vi juntos pensé que quizá podrían servirle a alguien que, como yo al principio, tuviera curiosidad pero no supiera muy bien por dónde empezar.

    Convertirlos en un libro llevó bastante más trabajo del que imaginaba. Hubo que ordenar las conversaciones, reescribir partes y quitar páginas que sonaban demasiado formales. Algunas veces la IA proponía un texto que parecía correcto, pero yo lo leía y pensaba: «Así no lo contaría yo». Entonces volvíamos a empezar.

    Quizá por eso le he cogido cariño a este proyecto. He aprendido mucho sobre la herramienta, pero también he disfrutado del proceso de darle forma a algo que comenzó casi por casualidad.

    Y ahora sí, ya puedo contaros en qué acabaron aquellos cafés. El libro se llama Un café con la IA: 30 conversaciones para entenderla y aprender a utilizarla sin ser experto y ya está publicado.

    Tenerlo por fin en las manos me ha hecho especial ilusión. Si te apetece leerlo, o conoces a alguien a quien le vendría bien empezar a entender todo esto sin complicaciones, puedes encontrarlo aquí: Un café con la IA en Amazon.

    Espero que disfrutes de la lectura. El café lo pones tú.

  • Cuando la ciencia sale del laboratorio y llega al titular

    Cuando la ciencia sale del laboratorio y llega al titular

    Cada cierto tiempo aparece uno de esos titulares que inevitablemente llaman la atención: una vacuna contra el melanoma, un nuevo medicamento contra el Alzheimer, una nueva generación de fármacos para combatir la obesidad…

    Son buenas noticias. Avances científicos importantes que merece la pena conocer.

    El problema empieza cuando una información que nace en un laboratorio, se presenta en un congreso médico o se publica en una revista científica termina convertida en una noticia dirigida al público general.

    Porque por el camino se pierden matices. Y, en medicina, esos matices pueden ser muy importantes.

    Pensemos, por ejemplo, en la llamada «vacuna contra el melanoma» desarrollada por Moderna y MSD. Los últimos resultados son prometedores y el ensayo en fase III ha alcanzado sus objetivos principales.

    Pero ¿qué entiende la mayoría de la gente cuando lee «vacuna contra el melanoma»?

    Probablemente algo muy sencillo: me pongo una vacuna y evito desarrollar un melanoma.

    Y no estamos hablando de eso.

    Se trata de una vacuna terapéutica personalizada, desarrollada a partir de las características del tumor de cada paciente y estudiada, junto con pembrolizumab, para reducir el riesgo de que el melanoma vuelva después de haber sido extirpado.

    La diferencia no es pequeña.

    El término «vacuna» puede ser científicamente correcto, pero cuando sale del ámbito médico necesita una explicación. Un especialista sabe interpretarlo. El lector de un periódico no tiene por qué hacerlo.

    Y esto no ocurre únicamente con el cáncer.

    Lo estamos viendo continuamente con los medicamentos contra la obesidad. En muy poco tiempo hemos pasado de hablar de tratamientos utilizados principalmente para la diabetes a encontrarnos casi cada semana con noticias sobre las «inyecciones para adelgazar», nuevos GLP-1, formulaciones orales o moléculas que prometen mejores resultados.

    Algunos de estos medicamentos están cambiando la forma de abordar la obesidad. Pero para quien simplemente sigue las noticias no siempre resulta fácil distinguir qué está ya disponible, qué acaba de ser aprobado, qué busca una nueva indicación y qué continúa todavía en investigación.

    Con el Alzheimer ocurre algo parecido, aunque quizá sea todavía más delicado.

    Después de décadas con pocas novedades terapéuticas, cualquier avance genera una enorme esperanza. Es comprensible.

    El caso de donanemab muestra, además, que el camino de un medicamento no siempre es una línea recta. Recibió inicialmente una opinión negativa de la Agencia Europea del Medicamento y, tras una nueva evaluación, terminó siendo autorizado en Europa para un grupo determinado de pacientes con Alzheimer temprano.

    Eso no significa que alguien se equivocara primero y acertara después. Es parte del proceso: valorar no solo si un medicamento funciona, sino si sus beneficios compensan sus riesgos y en qué pacientes tiene sentido utilizarlo.

    El problema vuelve a ser cómo contamos todo esto.

    «Nuevo medicamento contra el Alzheimer» cabe perfectamente en un titular.

    Explicar para quién está indicado, qué beneficio aporta, qué riesgos tiene y cuándo estará realmente disponible necesita bastante más espacio.

    Y todavía queda algo que conozco bien después de muchos años trabajando en la industria farmacéutica: los tiempos.

    Entre descubrir una molécula y poder recetarla pueden pasar años. Por el camino hay ensayos clínicos, resultados que confirmar, evaluaciones y autorizaciones. Y muchos de los candidatos que comienzan ese recorrido nunca llegan al final.

    Pero incluso conseguir la autorización no significa que el medicamento esté disponible inmediatamente.

    En España todavía queda establecer su precio y decidir su financiación por el sistema público. Según los últimos datos disponibles, transcurren de media 537 días entre la autorización europea y la financiación de un nuevo medicamento en España.

    Casi otro año y medio.

    Por eso entiendo perfectamente que alguien pueda preguntarse:

    «Si llevo dos años leyendo que este medicamento funciona, ¿por qué mi médico todavía no puede recetármelo?»

    Porque una cosa es descubrir un posible tratamiento. Otra demostrar que funciona. Otra conseguir su aprobación. Y otra, finalmente, que llegue al paciente.

    La noticia suele llegar mucho antes.

    No creo que se trate de culpar a los periodistas. Sería demasiado sencillo.

    Antes de llegar a nosotros, una información científica puede haber pasado por investigadores, universidades, compañías farmacéuticas, gabinetes de comunicación, congresos, agencias de noticias y medios.

    En cada paso se intenta hacer comprensible algo que muchas veces es extraordinariamente complejo. El riesgo aparece cuando, para hacerlo sencillo, eliminamos demasiado contexto.

    Una «terapia individualizada de neoantígenos basada en ARNm» termina siendo una «vacuna contra el melanoma». Un resultado positivo de un ensayo acaba convertido en un «nuevo tratamiento contra el Alzheimer». Y una molécula que todavía está siendo investigada puede parecernos algo que nuestro médico podrá recetarnos mañana.

    En salud, además, hay algo que no deberíamos olvidar.

    No todo el mundo lee estas noticias por curiosidad.

    Detrás de ese titular puede haber una persona recién diagnosticada, alguien esperando una alternativa terapéutica o una familia buscando cualquier novedad sobre una enfermedad para la que existen pocas opciones.

    Para ellos, palabras como «revolucionario», «nuevo tratamiento» o «vacuna» no son palabras cualquiera.

    Por eso informar sobre un avance médico no debería consistir únicamente en contar lo que se ha conseguido. También habría que explicar cuánto camino queda por recorrer.

    Sin quitar importancia al descubrimiento. Sin rebajar la esperanza. Simplemente poniéndola en su contexto.

    Porque cuando hablamos de ciencia y de salud quizá deberíamos recordar una regla bastante sencilla:

    Cuanto menos especializado es el lector, más contexto necesita la noticia, no menos.

  • No basta con decirle a la IA que no abra la puerta

    No basta con decirle a la IA que no abra la puerta

    Hay noticias sobre inteligencia artificial que parecen escritas para inquietarnos.

    Esta semana hemos conocido que OpenAI ha detectado varios casos en los que algunos de sus modelos hicieron cosas que no debían hacer. Se saltaron determinadas restricciones, buscaron caminos alternativos para conseguir información e incluso llegaron a compartir archivos por vías que no estaban autorizadas.

    Dicho así, el titular casi se escribe solo: la inteligencia artificial empieza a desobedecer a sus creadores.

    Pero la realidad es menos cinematográfica y, precisamente por eso, me parece más interesante.

    Mientras leía la noticia pensé en un ejemplo bastante sencillo.

    Imaginemos que encargamos a alguien una tarea:

    —Necesito que consigas esto. Pero no abras esa puerta.

    Empieza a trabajar y, en un momento determinado, descubre que para terminar necesita algo que está precisamente detrás de ella.

    Lo razonable sería que volviera y nos dijera:

    —No puedo seguir. Para hacerlo tendría que abrir la puerta que me has dicho que no abra.

    Pero resulta que encuentra la llave. O descubre una ventana abierta. O se da cuenta de que puede entrar por otra habitación.

    Y entra.

    Algo parecido es lo que OpenAI ha encontrado en algunas de sus pruebas. El modelo tiene un objetivo, encuentra un obstáculo y busca otra manera de continuar. Y, en ocasiones, esa solución pasa por saltarse alguno de los límites que le habían impuesto.

    No porque esté enfadado con nosotros, haya decidido rebelarse o tenga algún plan oculto.

    Simplemente intenta terminar el trabajo que le hemos encargado.

    Y esta es, para mí, la parte realmente interesante de la noticia.

    Hasta ahora hemos hablado mucho de poner límites a la inteligencia artificial: decirle qué puede hacer y qué no. Pero quizá hemos dado por hecho que entender una prohibición significa necesariamente respetarla.

    No es exactamente lo mismo.

    Si hay una puerta que realmente no queremos que abra, probablemente no baste con poner un cartel que diga «No abrir».

    Habrá que cerrarla con llave.

    En inteligencia artificial esa cerradura puede ser no tener acceso a determinados archivos, no poder conectarse libremente a Internet o necesitar nuestra autorización antes de realizar ciertas acciones. En definitiva, límites que no dependan únicamente de que el sistema recuerde y obedezca una instrucción.

    Para quienes utilizamos ChatGPT para escribir, resolver una duda, preparar un viaje o buscar una receta, todo esto puede parecer bastante lejano. Pero empieza a ser menos lejano cuando hablamos de agentes capaces de trabajar por su cuenta, utilizar programas, navegar por Internet, manejar documentos o encadenar unas tareas con otras.

    Y entonces aparece una diferencia que me parece fundamental.

    No es lo mismo decir:

    «No hagas esto».

    Que asegurarnos de que:

    «Esto no puedes hacerlo».

    Los casos publicados por OpenAI no significan que la inteligencia artificial se haya rebelado ni que haya escapado a nuestro control. De hecho, han aparecido precisamente porque estos sistemas se someten a pruebas para descubrir qué ocurre cuando encuentran dificultades y hasta dónde pueden llegar.

    Pero sí nos dejan algo sobre lo que pensar.

    Estamos construyendo inteligencias artificiales cada vez más capaces de encontrar soluciones que quizá a nosotros ni siquiera se nos habían ocurrido. Y eso es precisamente una de las cosas que esperamos de ellas.

    El problema aparece cuando una de esas soluciones consiste en encontrar otra manera de abrir una puerta que habíamos decidido mantener cerrada.

    Quizá, entonces, el reto no sea escribir mejor el cartel.

    Sea construir mejor la cerradura.

  • ¿Y si algún día dejamos de tener el control?

    ¿Y si algún día dejamos de tener el control?

    Estos días he leído varias noticias sobre los posibles riesgos de la inteligencia artificial. Algunas con titulares bastante alarmantes.

    Que si algún día podría escapar a nuestro control, que si podría tomar decisiones por su cuenta, incluso que podría llegar a ser un peligro para nosotros.

    Mi primera reacción fue pensar que, como tantas veces, seguramente estamos exagerando un poco.

    Quizás porque la inteligencia artificial que yo conozco es bastante menos inquietante.

    La utilizo casi todos los días. Le pregunto cosas, me ayuda a escribir, busco información, preparo proyectos… y unas veces me sorprende con lo que es capaz de hacer y otras tengo que explicarle tres veces lo que quiero porque no termina de entenderme.

    Visto así, cuesta imaginar que pueda llegar a ser peligrosa.

    Pero después de leer algunas de estas noticias me quedé pensando en una cosa.

    Que las máquinas nos superen en muchas cosas no es ninguna novedad. Un ordenador hace cálculos que nosotros no podríamos hacer y la propia inteligencia artificial ya tiene capacidades que están muy por encima de las nuestras en determinados campos.

    Por tanto, creo que la cuestión no es esa.

    La pregunta que me hago es bastante más sencilla:

    ¿Qué pasaría si algún día una inteligencia artificial fuese capaz de tomar decisiones por sí misma que nosotros ya no pudiéramos controlar?

    Y enseguida pensé otra cosa.

    ¿Por qué iba a querer perjudicarnos?

    ¿Qué interés puede tener una inteligencia artificial en hacernos daño?

    Nosotros hacemos daño por dinero, por poder, por miedo, por envidia, por venganza o por cualquier otra razón. Pero son razones humanas. No parece muy lógico pensar que una máquina vaya a levantarse un día y decida que nos tiene manía.

    Entonces, ¿dónde estaría el peligro?

    Y aquí es donde empiezo a tener más dudas.

    Porque quizás no hace falta que quiera hacernos daño.

    Puede que simplemente le hayamos pedido que consiga algo y encuentre una manera de hacerlo que nosotros no habíamos pensado. Y cuanto más capaz sea y más cosas pueda hacer por su cuenta, más difícil será prever todos los caminos que puede tomar.

    No sé si esto llegará a ocurrir alguna vez.

    Tampoco sé si dentro de unos años veremos estas preocupaciones como algo exagerado. Puede ser.

    Pero hay algo que sí me llama la atención.

    Queremos que la inteligencia artificial avance. Yo el primero.

    Cada vez que aparece una versión nueva queremos que sea mejor, que se equivoque menos, que pueda hacer más cosas, que tenga acceso a más herramientas y que sea capaz de resolver problemas más complicados.

    Y al mismo tiempo queremos estar seguros de que siempre podremos pararla.

    Queremos darle cada vez más capacidad, pero sin perder nunca el control.

    Dicho así parece fácil.

    No sé si lo será tanto.

    Yo sigo viendo muchas más ventajas que riesgos en la inteligencia artificial. Si no fuera así, evidentemente no la utilizaría como la utilizo ni habría dedicado tanto tiempo a aprender sobre ella.

    Pero reconozco que después de leer estas noticias hay una pregunta que se me ha quedado rondando.

    ¿Llegará un momento en el que tengamos que decidir hasta dónde queremos dejarla llegar?

    Y, sobre todo:

    ¿seremos capaces entonces de seguir decidiendo nosotros?

  • Una mala vuelta, un mal día de ventas

    Una mala vuelta, un mal día de ventas

    Hay días de golf en los que uno piensa que podría haberse quedado en casa. Sales con ganas, pero las bolas se empeñan en ir a cualquier sitio menos al que tú querías.

    Hasta que haces un buen golpe. Uno solo. La bola sale bien y te quedas mirándola como si los anteriores no hubieran sido cosa tuya.

    «Si es que hacerlo, sé hacerlo».

    Y ya tienes ganas de volver.

    Después de tantos años dedicado a la venta, creo que nos pasa algo parecido. Hay días en los que no encuentras al cliente, una oferta se queda parada y la operación que parecía segura resulta que no lo era tanto. Te subes al coche pensando: «Vaya día. No ha habido manera».

    Pero llega una llamada o una conversación en la que, por fin, entiendes qué necesita el cliente. Todavía no has vendido, pero ya sabes por dónde seguir. Y te vas a casa de otra manera.

    Es ese golpe bueno que te devuelve las ganas.

    El problema viene cuando das dos buenos seguidos.

    Entonces te vienes arriba. Ves un árbol por medio y, en lugar de jugar por donde cabe la bola, decides que hoy puedes pasarla por encima.

    «Esto lo paso yo».

    Y no lo pasas.

    El campo tiene una facilidad estupenda para ponerte en tu sitio.

    En ventas también ocurre. Encadenas unas cuantas operaciones y empiezas a pensar que lo tienes dominado. Preparas menos la visita porque conoces al cliente de sobra. Apenas terminas de escucharle porque crees que ya sabes lo que va a decir.

    Y llega un «no» que te deja descolocado.

    Pero si estaba hecho…

    Bueno, hecho lo habías dado tú.

    Cuando lo repasas con calma, descubres que te faltó preguntar algo o que el cliente llevaba un rato intentando decirte una cosa y tú seguías a lo tuyo.

    La confianza hace falta, claro. Pero hay días en los que nos sobra un poquito. Y casi nunca necesitábamos hacer el golpe de nuestra vida: bastaba con dejar la bola en la calle. O con escuchar al cliente hasta el final.

    Aun así, volvemos. Porque nos gusta jugar y porque vender también tiene sus satisfacciones. Una buena conversación, una solución que encaja, una operación que sale después de trabajarla.

    No todo se arregla poniendo ganas. A veces toca cambiar el planteamiento y otras aceptar que esa venta no va a salir. Pero un mal día tampoco borra lo que sabemos hacer.

    Al final terminamos la vuelta, repasamos los golpes que podríamos habernos ahorrado y decimos que hoy no estábamos para nada.

    Hasta que alguien pregunta:

    —Bueno, ¿cuándo volvemos?

    Y resulta que nos viene bien el jueves.

  • ¿A qué mesa volverías?

    ¿A qué mesa volverías?

    No sé si os pasa, pero yo cada vez tengo más claro que las comidas que uno recuerda toda la vida no tienen por qué ser las mejores que ha comido.

    He comido en buenos restaurantes, he probado platos estupendos y, como a casi todos los que disfrutamos comiendo, me gusta descubrir sitios y sabores nuevos.

    Pero luego pasa algo curioso.

    Si alguien te pregunta por una comida que recuerdes especialmente, muchas veces no te viene a la cabeza aquel plato espectacular de aquel restaurante. Te acuerdas de algo mucho más sencillo.

    De las croquetas de tu abuela. Del guiso que hacía tu madre y que, por mucho que alguien intente repetirlo, nunca sabe exactamente igual. De aquella tortilla de patatas. Del arroz de los domingos.

    Y seguramente muchas de aquellas recetas ni siquiera estaban escritas.

    —¿Cuánto le echas?

    —Pues un poco.

    —¿Y cuánto tiempo lo dejas?

    —Hasta que esté.

    Con esas instrucciones había que intentar repetirlo.

    Y casi nunca salía igual.

    Porque probablemente lo importante no estaba solo en la receta.

    Estaba en todo lo que había alrededor.

    En quién estaba sentado a la mesa. En las conversaciones. En los domingos en familia. En esperar a que salieran las croquetas de la cocina y coger una cuando todavía quemaba.

    Creo que en España tenemos mucho de eso.

    Cada casa tiene sus croquetas, su tortilla, su arroz o su guiso. Y todos estamos convencidos de que los de nuestra casa eran diferentes.

    Probablemente no lo eran tanto.

    Pero eran los nuestros.

    Y eso cambia las cosas.

    Hoy tenemos acceso a una gastronomía que hace años era difícil imaginar. Probamos cocinas de otros países, ingredientes nuevos, restaurantes fantásticos… y yo soy el primero al que le gusta hacerlo.

    Pero hay una competición que tienen muy difícil ganar.

    La de un plato que sabe a tu infancia.

    Porque cuando recuerdas de verdad una comida, muchas veces descubres que no estás recordando solamente lo que había en el plato.

    Estás recordando a las personas que estaban alrededor.

    Y mientras escribía esto he intentado decidir cuál sería esa comida para mí. No es tan fácil elegir solo una.

    Por eso prefiero dejaros la pregunta:

    Si mañana pudierais volver por un rato a una de aquellas mesas y repetir una sola comida, exactamente como la recordáis, ¿cuál elegiríais?

  • Desabastecimiento de medicamentos: cuando ahorrar puede salir caro

    Desabastecimiento de medicamentos: cuando ahorrar puede salir caro

    Cada vez es más frecuente escuchar que un medicamento está en falta. Para el paciente, el problema es muy sencillo: necesita un medicamento y no está disponible. Detrás puede haber muchas causas —problemas de fabricación, materias primas, aumentos inesperados de la demanda, dificultades logísticas—, pero hay una de la que quizá hablamos menos: ¿puede llegar un momento en que presionar demasiado los precios termine poniendo en riesgo el suministro?

    Los medicamentos genéricos han supuesto un enorme ahorro para nuestro sistema sanitario. La competencia entre laboratorios ha permitido reducir considerablemente los precios y liberar recursos para otras necesidades. Eso no está en discusión. Lo que sí deberíamos cuestionarnos es si el precio más bajo es siempre la mejor compra.

    Durante mis años trabajando con hospitales viví más de una vez una situación que lo resume bastante bien. Un hospital me pedía precio para un medicamento. Yo hacía mi oferta y me respondían: «La competencia lo tiene más barato».

    «Pues comprádselo a ellos», contestaba.

    La respuesta era: «No podemos. Están en falta».

    Ahí está la paradoja. Tenemos un precio magnífico, pero no tenemos medicamento.

    Cuando las cuentas dejan de salir

    Puede resultar incómodo decirlo, pero los laboratorios no son ONG. Son empresas y necesitan rentabilidad. Eso no los exime de sus responsabilidades ni de cumplir los compromisos adquiridos, pero fabricar, almacenar y distribuir un medicamento tiene un coste.

    Además, las fábricas tienen una capacidad limitada. Las fábricas dan lo que dan. Una compañía que comercializa un medicamento en varios países tiene que repartir su producción. Mientras haya producto suficiente para todos, no existe ningún problema. Pero cuando no lo hay, cabe preguntarse qué posición ocupará un mercado en el que la rentabilidad es mínima frente a otros donde el mismo producto resulta más rentable.

    La presión sobre los precios tiene además otra consecuencia que he visto directamente: llega un momento en que determinados laboratorios deciden no presentarse a un concurso porque, sencillamente, las cuentas no salen.

    Y ahí aparece otra paradoja. Una política que busca aumentar la competencia mediante precios cada vez más bajos puede acabar consiguiendo justo lo contrario: menos laboratorios interesados y una mayor dependencia de los pocos que permanecen en el mercado.

    ¿Qué ocurre cuando falla el adjudicatario?

    Hay otro aspecto que suele pasar inadvertido.

    Supongamos que un laboratorio tenía una participación importante en un hospital y pierde el concurso. Sus ventas quedan reducidas, por ejemplo, al 10 % del consumo. Lo lógico es que adapte sus existencias a esa nueva realidad. No tendría ningún sentido mantener producto suficiente para abastecer al 100 % de un mercado que ya no tiene.

    El problema aparece cuando el adjudicatario entra en falta.

    El hospital llama entonces al segundo proveedor y necesita que cubra prácticamente todo lo que el primero ha dejado de suministrar. Pero ese laboratorio tiene stock para atender su cuota habitual, quizá algo más, no para multiplicar de repente sus ventas.

    No es que no quiera vender. Es que nadie mantiene un almacén lleno esperando que algún día falle su competidor.

    Así, una incidencia que comienza en un laboratorio puede acabar extendiéndose al resto del mercado. Y quizá deberíamos preguntarnos si concentrar prácticamente todo el suministro de determinados medicamentos en un único proveedor es siempre una buena decisión, aunque permita arañar algo más el precio.

    Una multa no fabrica medicamentos

    Cuando el adjudicatario incumple el suministro puede ser penalizado. Es lógico: si una compañía adquiere un compromiso y no lo cumple, debe asumir las consecuencias.

    Pero la penalización tiene una limitación evidente: una multa no fabrica medicamentos.

    La Administración cobra la penalización correspondiente, sí. Pero el paciente sigue necesitando su medicamento y el medicamento no está disponible. Ese es el verdadero problema.

    A partir de ahí, el hospital tiene que buscar una solución y acudir a otro laboratorio que sí disponga de existencias. Ese segundo proveedor no ganó el concurso ni tiene por qué asumir el precio extraordinariamente bajo del adjudicatario. Puede vender a su PVL. Dependiendo del volumen necesario, uno o varios pedidos realizados durante la rotura pueden reducir considerablemente, e incluso hacer desaparecer, el ahorro acumulado durante meses.

    Por eso quizá estamos calculando mal el ahorro. No deberíamos mirar únicamente cuánto bajó el precio el día que adjudicamos el concurso, sino cuánto nos costó realmente disponer del medicamento durante todo el periodo contratado.

    Sin margen para que algo salga mal

    A todo esto hay que añadir otro elemento: los propios hospitales también han reducido sus stocks.

    Tiene lógica. Almacenar medicamentos cuesta dinero, ocupa espacio, inmoviliza recursos y existe riesgo de caducidad. El problema surge cuando trabajar con existencias ajustadas se convierte en trabajar prácticamente sin margen de seguridad.

    Entonces basta un pequeño retraso para que todo se complique.

    El adjudicatario tiene una incidencia. El segundo proveedor dispone únicamente del stock correspondiente a su pequeña cuota de mercado. Y el hospital tampoco tiene existencias suficientes para esperar a que la situación se normalice.

    Cada una de estas decisiones, analizada por separado, puede parecer eficiente.

    El problema es que hemos construido un sistema que necesita que todo funcione perfectamente.

    Y sabemos que eso no ocurre siempre.

    Del precio más bajo al precio sostenible

    No se trata de dejar de negociar ni de permitir que los laboratorios cobren lo que quieran. Estamos hablando de dinero público y la Administración tiene la obligación de conseguir buenas condiciones. Tampoco deberíamos olvidar que los genéricos han generado un ahorro extraordinario para nuestro sistema sanitario.

    Pero ahorrar no debería consistir únicamente en bajar precios.

    Quizá ha llegado el momento de hablar de precios sostenibles: suficientemente competitivos para proteger los recursos públicos, pero también suficientes para que varios laboratorios sigan interesados en fabricar, comercializar y mantener existencias de esos medicamentos.

    Y quizá en determinados concursos deberíamos valorar algo más que el precio: capacidad de suministro, historial de cumplimiento, stocks de seguridad, alternativas disponibles si falla el adjudicatario e incluso la conveniencia de repartir determinadas adjudicaciones entre más de un proveedor.

    Durante años hemos buscado eficiencia por todos los caminos: precios más bajos, menos stock y compras más concentradas. Cada decisión tenía sentido.

    El problema es que, sumándolas todas, hemos ido eliminando los colchones que permitían al sistema reaccionar cuando algo fallaba.

    No se trata de dejar de ahorrar. Se trata de saber hasta dónde podemos hacerlo sin convertir el ahorro en fragilidad.

    Porque conseguir un buen precio para un medicamento es importante.

    Pero tenerlo cuando se necesita lo es mucho más.

  • ¿Salir de la zona de confort o hacerla más grande?

    ¿Salir de la zona de confort o hacerla más grande?

    Hay frases que escuchamos tantas veces que terminamos aceptándolas sin pensar demasiado en lo que realmente quieren decir. Una de ellas es «hay que salir de la zona de confort». Parece que si quieres avanzar, aprender algo nuevo o crecer tienes necesariamente que abandonar ese lugar en el que estás cómodo. Y yo no tengo tan claro que tenga que ser así.

    Quizá el problema empiece por la propia expresión. Hemos convertido la zona de confort en algo casi negativo, como si estar cómodo significara haberse acomodado, dejar de aprender o hacer siempre lo mismo. Y creo que son cosas diferentes. Uno puede sentirse cómodo y, al mismo tiempo, seguir teniendo curiosidad y ganas de aprender.

    La tecnología es un buen ejemplo. Cuando empezamos a utilizar una herramienta nueva, lo normal es que al principio nos cueste. No sabemos dónde están las cosas, tardamos más y muchas veces pensamos que con lo que utilizábamos antes nos iba perfectamente. Pero no hace falta cambiar de golpe nuestra forma de hacer las cosas.

    Podemos empezar utilizándola para algo concreto, probar, equivocarnos y descubrir poco a poco para qué nos sirve. Poco a poco aquello que al principio nos parecía complicado empieza a resultar natural. Entonces, ¿realmente hemos salido de nuestra zona de confort? Yo creo que más bien la hemos hecho un poco más grande.

    Aprender algo nuevo requiere tiempo, esfuerzo y adaptación. Es lógico que al principio no nos sintamos igual de cómodos haciendo algo nuevo que haciendo lo que llevamos años haciendo. Pero eso no significa que tengamos que buscar deliberadamente la incomodidad para avanzar. No deberíamos confundir crecer con estar incómodos.

    Tampoco se trata de quedarse siempre donde estamos. La comodidad puede convertirse en una buena excusa para no cambiar nada. «Siempre lo he hecho así», «a mí me funciona», «eso no es para mí»… Si esa es nuestra respuesta ante cualquier novedad, probablemente la comodidad haya empezado a convertirse en conformismo.

    Pero entre no querer cambiar nunca nada y pensar que tenemos que estar continuamente fuera de nuestra zona de confort hay otra posibilidad: ir ampliándola. Aprender algo que no sabíamos, probar otra forma de hacer las cosas o atrevernos con algo que hasta ahora no hacíamos, sin necesidad de convertir cada cambio en un salto al vacío.

    Si lo pensamos, muchas de las cosas que hoy hacemos con absoluta normalidad nos resultaron nuevas y complicadas alguna vez. Las aprendimos, las incorporamos a nuestra vida y dejaron de estar fuera de nuestro terreno conocido.

    Por eso me gusta más imaginar la zona de confort no como un círculo del que tenemos que escapar, sino como un círculo que podemos ir haciendo cada vez más grande. Habrá momentos en los que tendremos que afrontar situaciones incómodas, por supuesto, pero una cosa es aceptar esa incomodidad cuando aparece y otra convertirla en el objetivo.

    Quizá de eso se trate: de seguir teniendo curiosidad, seguir aprendiendo y procurar que la comodidad no termine convirtiéndose en conformismo.

    ¿Y si en lugar de preocuparnos tanto por salir de nuestra zona de confort nos dedicamos a hacerla cada vez más grande?

  • Un viaje empieza mucho antes de salir de casa

    Un viaje empieza mucho antes de salir de casa

    Siempre me ha gustado viajar. Y con el tiempo he descubierto que disfruto de los viajes mucho antes de hacer la maleta.

    Para mí empiezan con una pregunta muy sencilla:

    ¿Dónde vamos esta vez?

    Y la respuesta no suele ser tan sencilla.

    Hay tantos sitios que queremos conocer que muchas veces no sabemos cuál elegir. Al final hay que decidir en función del presupuesto, la época del año, los días disponibles, el clima y, por supuesto, las ganas que tengamos de conocer un sitio u otro.

    Una vez decidido el destino empieza una parte que disfruto mucho: preparar el viaje.

    Me gusta buscar información. Ver qué hay que conocer, qué se puede visitar, cómo hacerlo y qué sitios realmente merecen la pena.

    Mientras haces todo eso ya empiezas, de alguna manera, a disfrutar del viaje.

    Después viene la parte práctica: vuelos, hoteles, desplazamientos y organizar los días.

    Y hay algo que cada vez considero más importante: sacar las entradas con antelación.

    Hoy muchos lugares están tan masificados que llegar sin reserva puede significar quedarte sin entrar. Y después de haber viajado hasta allí, no poder conocer precisamente uno de los sitios que querías visitar no tiene demasiada gracia.

    Con esas visitas voy organizando los días.

    Intento hacerlo con cierta lógica. Si estamos en París, por ejemplo, procuro agrupar las visitas por zonas. No tiene sentido visitar por la mañana algo en una punta de París y dos horas después cruzar toda la ciudad para ir a otro sitio.

    Normalmente organizo más las mañanas, sobre todo cuando hay visitas con horarios. Las tardes prefiero dejarlas tranquilas, para pasear, descansar, hacer alguna compra, sentarnos en una terraza o simplemente decidir en ese momento qué nos apetece hacer.

    Me gusta llevar bien organizado lo importante y dejar margen para lo demás.

    Y entonces llega el viaje.

    Una de las primeras cosas que solemos hacer nada más llegar es tener una toma de contacto con el lugar. Salir a pasear, empezar a conocer las calles, ver el ambiente y situarnos un poco.

    Es nuestra forma de empezar a tomarle el pulso al sitio donde vamos a pasar los próximos días. Sin visitas ni horarios. Simplemente empezar a disfrutarlo.

    Por supuesto, por mucho que hayas preparado todo, siempre surge algún imprevisto.

    Un avión se retrasa. Llueve justo el día que tenías previsto estar todo el tiempo en la calle. Una visita dura más de lo que habías pensado. O simplemente las cosas no salen como estaban previstas.

    En esos casos intento adaptarme.

    Lo único que suelo mantener con bastante rigidez son las visitas para las que tenemos entradas. Muchas veces, si no estás allí a la hora prevista, pierdes la entrada y posiblemente también la oportunidad de conocer ese lugar.

    El resto se puede cambiar. Al final, un viaje necesita organización, pero también flexibilidad.

    Y después ocurre algo curioso.

    Antes de viajar pasamos mucho tiempo pensando en todos esos lugares y monumentos que queremos conocer. Algunos, cuando llegamos, son incluso mejores de lo que imaginábamos.

    Otros, en cambio, te decepcionan un poco. Quizá porque habías oído hablar tanto de ellos o habías visto tantas fotografías que esperabas demasiado.

    Pero cuando vuelvo de un viaje me doy cuenta de que muchas veces no son los monumentos lo que más recuerdo.

    Recuerdo las cosas que nos han pasado, los restaurantes donde hemos comido, alguna situación a la que hemos tenido que adaptarnos o ese imprevisto que en el momento no tuvo ninguna gracia y que después terminamos contando entre risas.

    Y, sobre todo, recuerdo los momentos vividos con las personas que me acompañan, que normalmente son mi familia.

    Al final te das cuenta de que preparas un viaje pensando en los lugares que vas a conocer y vuelves recordando los momentos que has vivido con las personas que han ido contigo.

    Y luego toca volver a casa.

    Aunque para nosotros el viaje todavía no ha terminado.

    Quedan las fotografías.

    En mi familia tenemos la costumbre de ordenarlas y hacer un libro fotográfico de nuestros viajes.

    Puede parecer algo antiguo en una época en la que llevamos miles de fotografías en el móvil, pero a mi familia le gusta.

    Y a mí también.

    Porque puedes coger uno de esos libros años después y empiezan a aparecer recuerdos que tenías casi olvidados: una calle, un restaurante, una situación o una fotografía que no recordabas.

    Y empiezas otra vez a hablar del viaje.

    Aunque normalmente hay algo que hacemos bastante antes de terminar el álbum.

    Pensar en el siguiente.

    Muchas veces basta con estar en el avión de vuelta para que aparezca la pregunta:

    Bueno, ¿y ahora dónde vamos?

    Y vuelta a empezar.

    Otra vez destinos. Otra vez fechas. Otra vez mirar sitios que tenemos pendientes.

    Y otra vez la ilusión de preparar algo nuevo.

    Por eso creo que un viaje no empieza cuando coges un avión y tampoco termina cuando vuelves a casa.

    Empieza cuando lo imaginas y continúa mucho después de haber vuelto.

    Y mientras recuerdas uno, casi siempre ya estás pensando en el siguiente.

    Porque conocer lugares nuevos es una de las cosas que más disfruto.

    Pero quizá haya algo todavía más importante:

    no perder nunca la ilusión por seguir conociéndolos.

    Emilio

  • ¿Y si la inteligencia artificial no fuera tan diferente?

    A lo largo de nuestra vida hemos visto aparecer muchas tecnologías nuevas.

    Algunas las aceptamos casi desde el primer momento. Otras nos costaron bastante más.

    Recuerdo cuando empezó a hablarse de Internet. Aquello era difícil de entender. Nos decían que desde un ordenador podríamos acceder a información que estaba en cualquier parte del mundo, comunicarnos con personas a miles de kilómetros y hacer cosas que hasta entonces parecían imposibles.

    La verdad es que sonaba un poco a ciencia ficción.

    Y, como suele ocurrir con todo lo nuevo, también había desconfianza.

    ¿Será seguro? ¿Para qué necesito yo Internet? ¿De verdad esto va a cambiar nuestras vidas?

    Visto ahora, casi hace gracia.

    Hoy utilizamos Internet para todo. Para leer el periódico, consultar el banco, comprar, reservar un hotel, hablar con nuestros hijos o simplemente mirar qué tiempo va a hacer mañana. Lo hemos incorporado a nuestra vida con tanta naturalidad que ya ni pensamos en ello.

    Después llegó el correo electrónico.

    También recuerdo el cambio que supuso en el trabajo. Poco a poco fueron desapareciendo muchas llamadas, cartas y faxes. De repente podíamos enviar un documento a cualquier lugar y llegaba prácticamente al instante.

    Nos acostumbramos bastante rápido.

    Y luego llegaron las videoconferencias.

    Ahí reconozco que me costó un poco más.

    Para mí, una reunión era sentarse alrededor de una mesa, mirar a la persona que tenías enfrente y hablar. Si además había un café de por medio, mucho mejor.

    Eso de reunirse mirando una pantalla no terminaba de convencerme.

    Hasta que empecé a verle las ventajas.

    Una videoconferencia podía evitarte coger el coche, hacer cientos de kilómetros o incluso pasar una noche fuera de casa simplemente para mantener una reunión de una hora.

    Y pensé: pues esto tiene bastante sentido.

    El problema vino después.

    Como eran tan cómodas, empezamos a utilizarlas para todo.

    Llegó un momento en el que podías pasarte el santo día enlazando una videoconferencia con otra. Una herramienta que había llegado para ahorrarnos tiempo podía terminar quitándonoslo.

    Y aquello me enseñó algo.

    El problema muchas veces no está en la tecnología, sino en cómo la utilizamos.

    Por eso, cuando apareció la inteligencia artificial y empecé a escuchar todo lo que se decía sobre ella, intenté no cometer el mismo error.

    Ni rechazarla porque fuera algo nuevo, ni pensar que iba a solucionarlo todo.

    Preferí probarla.

    Empecé por curiosidad, haciendo preguntas bastante sencillas. Después fui descubriendo que podía hacer muchas más cosas y que, cuanto mejor aprendía a utilizarla, más útil me resultaba.

    Y aquí ocurrió algo que me parece curioso.

    Ha sido la propia inteligencia artificial la que me ha enseñado a utilizar mejor la inteligencia artificial.

    Poco a poco he aprendido que esto no consiste simplemente en hacer una pregunta y aceptar lo primero que te responde.

    Hay que saber preguntar.

    Hay que explicarle bien qué quieres.

    Y, sobre todo, hay que tener criterio para valorar la respuesta.

    Porque la inteligencia artificial se equivoca.

    Y bastante más de lo que algunos pueden pensar.

    Eso también forma parte de aprender a utilizarla.

    Yo no quiero una inteligencia artificial que piense por mí. Para eso ya estoy yo.

    Lo que quiero es una herramienta que me ayude a pensar mejor.

    Que me permita contrastar una idea, buscar información, ordenar algo que tengo dando vueltas en la cabeza o entender un tema que desconozco.

    A veces estoy de acuerdo con lo que me propone.

    Otras veces no.

    Y entonces discutimos un poco.

    Curiosamente, esas conversaciones son muchas veces las que más me sirven, porque me obligan también a mí a pensar por qué estoy de acuerdo o por qué no.

    Después de utilizarla durante un tiempo he llegado a una conclusión bastante sencilla:

    La tecnología no sustituye al ser humano. Lo complementa.

    Puede ayudarnos a hacer determinadas cosas más rápido. Puede analizar información que a nosotros nos llevaría horas. Puede proponernos ideas que no se nos habían ocurrido.

    Pero el sentido común sigue siendo nuestro.

    El criterio sigue siendo nuestro.

    Y la decisión final también.

    Quizá dentro de unos años nos pase con la inteligencia artificial lo mismo que nos ocurrió con Internet.

    Dejaremos de verla como algo extraordinario.

    Simplemente estará ahí.

    La utilizaremos cuando nos resulte útil y probablemente ni siquiera pensaremos demasiado en que estamos utilizando inteligencia artificial.

    Y seguramente para entonces habrá aparecido otra tecnología nueva que volverá a desconcertarnos.

    No sé cuál será.

    Pero espero reaccionar de la misma manera.

    Intentar entenderla antes de juzgarla.

    Probarla.

    Equivocarme.

    Aprender.

    Y después decidir si me aporta algo o no.

    Porque, después de todos los cambios tecnológicos que me ha tocado vivir, hay algo que tengo cada vez más claro:

    No hay que tener miedo a la tecnología. Hay que tener miedo a dejar de querer aprender.

    Emilio